Gusanos en la basura: La noche más triste

El día que murió mi madre fue la noche más triste de mi vida. El día más doloroso, al despertar. Aquella tarde salí con una sensación agridulce; aunque ignoraba que jamás volvería a verla con vida, sentí un escalofrío y un inclasificable desasosiego a los pocos metros de pisar la calle. Por otro lado, iba a pasar la tarde en compañía de alguien a quien había querido en secreto durante años, mi amor platónico. El tiempo que pasé ocultando dicho afecto había sido una excitante aventura donde todo era posible en los límites de mi fantasía. La veneración que sentía hacia ella mantenía muy alejada cualquier escena sexual, no era una excitación de esa índole. Era una emoción pura e ingenua, una muestra más de cómo mi espíritu deseaba aferrarse a la fantasía infantil para evitar adentrarme en el mundo adulto. Porque, aparte del conocimiento de que aquel amor era imposible, en dicho mundo existía la muerte. Y mi madre se estaba muriendo.

Cansado, llegué al portal de casa con ese extraño desasosiego. No recordaba haber escuchado jamás tanto silencio en aquel pasillo forrado de frío mármol gris. Era un silencio plúmbeo como la propia piedra y cada escalón se hacía más y más pesado. Creía que mi sensación de agotamiento se debía a mi reciente revelación sobre la naturaleza de mi amor, carente de sentido, pugnando por salir a la claridad de lo evidente. Al abrir la puerta otro silencio, uno que no estaba antes ahí. No es que de ordinario encontrase alborozo a mi llegada, ya que a esas horas todo estaba en calma. Era simplemente que esa noche había un silencio nuevo, superponiéndose a un murmullo que frenaba en seco. Si las palabras susurradas formasen una nube de humo, alguien la había absorbido al escuchar la puerta y parecía guardarla en su interior, subrepticiamente. Las luces me indicaban que, en efecto, había alguien levantado. La anomalía nunca era una señal de bienandanza, y esa noche a cada paso me veía azotado por una lluvia de señales que, desesperado, suplicaba por esquivar. Al llegar al salón, mi familia, no cada uno individualmente, sino todo el conjunto en sí, me miraba en silencio. También traté de esquivar lo inevitable. Saludé con intención de irme a dormir pero la verdad me alcanzó como un hierro al rojo.

—Tu madre ha fallecido.

Así empezó la noche más triste de mi vida.

Mi familia nunca había destacado por esa impresión de conjunto. Hasta entonces, había conocido a cada elemento por separado, pero el dolor y la pérdida les había convertido en uno solo. Al menos en ese momento, sentí el abrigo que me arropaba uniformemente. Un jirón se destacó entre el murmullo incomprensible de pésames.

—¡Si vieras la falta que nos has hecho! —dijo el jirón de mi abuela—. Se nos cayó al suelo y no podíamos levantarla.

No. Aquella noche no estaba por la labor de aceptar visitas. La culpabilidad y el resentimiento no eran bienvenidos, estábamos solos mi dolor y yo en el interior de mi caparazón. Mis tíos alejaron de mí a quien, sin delicadeza, tiraba de las puertas.

—¡Esta mujer es gilipollas! —dijo uno de ellos.

El resentimiento podía esperar, no tardaría mucho en alojarse conmigo y con mi dolor. No obstante, a medida que pasaba el tiempo más culpabilidad le achacaba a aquella mujer por el sufrimiento que se había adherido, como una sombra, a los pies de aquel tío y de mi madre.

Aquella noche, la más triste de mi vida, sólo pensé en que mi dolor por su enfermedad se transformaba en el de la pérdida y que, por fin para ella, no habría más. Entre las solemnes notas de Albinoni que me aplastaban como losas en mi cama, ardían mis mejillas y se empapaban mis recuerdos, con el más desolador firmemente aferrado a mi cabeza. Esa tarde agridulce en la que la emoción recorría eléctricamente mi cuerpo, como cada vez que iba a ver a mi amor platónico, no llegué a despedirme de mi madre.

La muerte no es injusta en su existencia, pero es cruel en su política de no aceptar sugerencias. En ninguna de las cinco muertes importantes de mi vida, he estado presente en la última espiración. No existen esos momentos que nos promete la cultura popular, tan bien escogidos, de discurso final y apretar la mano antes de que caiga lánguidamente al borde de la cama, como una rama que se agosta. La gente, simplemente, se muere. A veces hay alguien cerca, a veces no. A veces quien está es una chica con uniforme que viene a traerte la comida o comprobarte la sonda. No hay peticiones que valgan.

Aquella última tarde sentía electricidad en mi cuerpo, pero pesado el corazón. Mi madre se encontraba más cansada que de costumbre y, tras no escuchar sonido alguno que se desprendiera de la negrura de su habitación, cerré la puerta sin molestar. Tal vez me marché compungido por no haber besado a mi madre, más si cabe con el alborozo por mi falsa cita. Tal vez me fui con la encriptada sensación de que, al fondo de la habitación, agonizaba en la oscuridad. Tal vez ella había llegado a percibir cómo me acercaba y abría su puerta, y sólo tal vez intentó decirme unas últimas palabras que ella no pudo articular, ni yo pude escuchar. Tal vez ella, como yo, se sintió triste al vernos a ambos privados de la única petición que le he hecho a la muerte, sentir su calidez en un último beso que nunca existió.

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Un comentario en “Gusanos en la basura: La noche más triste

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