La vida de un hombre muerto

hombre muerto

–No deberías estar aquí. Has muerto hace dos días.
–Tienes un sentido del humor deplorable, ¿lo sabías? –le contesté–. Anda, ponme una caña.
–Te lo digo en serio –me contestó adusta al otro lado de la barra–. Mira, lo pone en el periódico.
Me acercó el diario local y me señaló el titular en el que rezaba la muerte de J. R. Schrödinger. La coincidencia me habría hecho sonreír de no ser por la foto que acompañaba la noticia. Era mía.
–Tiene que ser una broma… –acerté a decir con la voz entrecortada.
–¿Acaso está en la sección de humor? Es una noticia real.
Me miró durante un rato que a mí me pareció tan largo como esperar la cola del aseo cuando llevas tres jarras de cerveza. Creía que había podido adivinar la confusión que me embargaba pero, si así fue, no lo demostró.
–Así que, como comprenderás, no puedo ponerte una caña. Sería desperdiciarla y, además, todo el mundo sabe que los muertos no pueden pagar –No podía creerlo–. Lo siento –remató para demostrar que no carecía de empatía.

Había sido incapaz de despedirme ni articular palabra alguna. Con la mirada aún perdida y la mente inquieta por el vértigo de las repercusiones, recorrí las calles, vagaroso. Ahora comprendía por qué algunos conocidos me ofrecían aquella mirada de condescendencia cuando nos cruzábamos por la acera. Aquella situación, más que ridícula, empezaba a resultar molesta. Las piernas me habían llevado con la inteligencia mansa de la rutina hacia la calle de mis padres, que al verme rompieron a llorar. Colmado de rabia, finalmente exploté.
–¿Pero se puede saber por qué me hacéis esto?
–¡Ay, hijo mío! –exclamó extenuada mi madre–. ¡Eres tú quien nos ha dejado aquí sufriendo! Si supieras todo lo que hemos hecho por ti… ¡Te lo hemos dado todo!
Mi madre siempre fue medalla de oro olímpico en el deporte de sufrir. No importaba que un náufrago con las tripas en salazón se revolviera entre las rocas de una playa desierta. Si era cuestión de sufrir, ella lo hacía mejor. Mi padre, que había desarrollado la capacidad nada envidiable de seguirle la corriente, me miró con cierta dureza.
–Mira lo que has conseguido. Al menos podrías haberte despedido, ¡escribir una nota o algo!
Recordé que la noticia mencionaba algo sobre un posible suicidio. ¡Qué estupidez! ¿Por qué querría yo quitarme la vida? Me quedaba mucha hipoteca por pagar.
–¡Espero que al menos tuvieras los calzoncillos limpios! –Mi madre tenía un curioso orden de prioridades.
–¿Es que no lo entendéis? –renové mi indignación–. ¡No estoy muerto! ¡Esto debe de ser un terrible error, una broma cruel! ¡Estáis todos locos!
–No puede ser, hijo –aseveró mi padre, muy serio–. Lo pone en el periódico.
–En serio, tenéis todos una confianza en lo que dicen los periódicos que roza el fanatismo.
Decidí marcharme. Cuanto más hablaba con mis padres, más tenía la sensación de estar muriendo envenenado. Decidí que debía ir al origen de aquella pesadilla: la redacción del periódico.

–¡Oiga! –me increpó la joven recepcionista–. ¡No puede subir así, no tiene identificación!
–No la necesito. Estoy muerto.
–Entonces vale.
Empezaba a acostumbrarme a que la gente me tratase como un fantasma. Tal vez tuviera su lado bueno. Entré en el ascensor con una mujer que llevaba el cabello recogido en un moño y llevaba un portafolios. No pude evitar fijarme en su precioso cuello y pensar que, por mucho que el resto del mundo insistiera, una parte de mí me demostraba estar indudablemente viva. Un suspiro inaudible huyó de mi boca directo a su nuca y la mujer se estremeció con el vello erizado. Se abrió la puerta y salió tan apresurada que a punto estuvo de alterar terriblemente la suma de los factores “café” y “camisa” de un compañero. Continué hasta el siguiente piso y allí fui a ver a un viejo conocido.
–¿Se puede saber por qué dices que estoy muerto? –le dije al periodista responsable de mi noticia. Curiosamente, a pesar de estar cada vez más molesto con aquella situación, hablaba con menor vehemencia, tal vez resignado.
Se quedó pálido. Como si hubiera visto un fantasma. Empezaba a pensar que definitivamente no era una broma.
–Pero, ¿cómo es posible? –acertó a decir.
–Eso mismo digo yo. ¿Cómo es posible que publiques una noticia falsa y que todo el mundo me crea una aparición?
–¿Falsa? No –negó categórico–. No puede ser… Y aunque así fuera, ya está publicado. Ya no puede deshacerse. No puedo devolverte la vida.
Dudé.
–¿Dónde quedó aquello de la “fe de erratas”?
–Me despedirían por semejante error.
–Tienes razón –convine–. Pues publica la noticia de mi resurrección.
–Este es un diario serio.
–¡Joder! –Empezaba a sentirme como si diera vueltas a una rotonda y nunca consiguiera acceder a mi salida–. ¿Y de dónde sacaste lo de que estaba muerto?
–No puedo revelar mis fuentes.
–¡No me jodas! –un oscuro presagio cruzó por mi mente–. No…, no puede ser. ¡Dime que no lo has leído por ahí en Facebook!
Bajó la mirada. No podía creerlo. Estaba pasando un infierno por culpa de un absurdo rumor que circulaba por las redes sociales. Y aquel periodista con el que había coincidido en alguna fiesta de las amigas de mi exnovia, ni siquiera se había dignado a comprobar la información. Ese pensamiento me hizo sospechar.
–¿Dónde lo viste? ¿No sería en el muro de mi “ex”?
No estaba dispuesto a marcharme hasta conocer toda la verdad y él lo sabía. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa podía hacer? Ya no me esperaban ni en el trabajo. Se rindió.
–Está bien, lo vi de pasada. Publicó una foto tuya en un bar con un cubata en la mano y acotó: “Para mí, este hombre está muerto”.

Una hora después me encontraba en otro diario de opinión, la competencia directa del anterior. Se me ocurrió que, si ambos periódicos se dedicaban a llevarse la contraria independientemente de lo que sucedía, tal vez podía convencerles de que publicasen otra versión de mi noticia.
–No tendríamos inconveniente, señor Schrödinger –me expuso el redactor jefe en su cubículo–, teniendo en cuenta la poca fiabilidad que le atribuimos a las noticias que se publican en Facebook. El problema, como verá, es que hemos visto circular un tuit con la noticia. Lleva cuatrocientos retuits, era usted muy popular.
–¡Por Dios! ¿Es que voy a tener que ir a un periódico que sólo haga caso de Google+? ¿Existe acaso?
–Lamento comunicarle que también circula por dicha red social –El redactor jefe se mostraba comprensivo, como un médico que acostumbra a dar malas noticias–. Incluye una foto en la que aparece con varios gatitos con alas, dirigiéndose hacia el cielo.
–Si tiene gatitos, entonces sí que no puedo hacer nada –Mi mirada taladraba el suelo–. Estoy perdido.
–Lo lamento.

Me hallaba en el único lugar en el que podía estar, sin saber muy bien qué hacer. Tal vez podría decir unas palabras, montar un numerito, convencer a los asistentes de que eran todos unos necios… Al fin y al cabo era mi entierro. ¿Y si todo fuera un enorme complot, llevado a cabo con la precisión de una silla eléctrica suiza? A lo mejor era una broma orquestada para un programa de la televisión. Por si acaso, me dije, sonreiré y haré ver que tengo mucho sentido del humor. Que incluso lo sabía desde un principio. ¡Ah, no! Eso sí que no… Interrumpí al cura. No quería un sermón en mi entierro.
–¡Ejem! –tosí sonriendo mientras buscaba las cámaras ocultas con la mirada–. Creo que es mejor ponerle fin a esto. Ya nos hemos reído todos, ¿verdad? De hecho, veo que la tía Trudi es la que peor disimula.
–¿Es que no puedes tomarte en serio ni tu propio entierro? –rugió mi padre–. ¿Y cómo puedes burlarte de la apoplejía de Trudi? Lo está pasando mal, ¿no tienes corazón? ¿¡Qué hemos hecho mal contigo!? ¿Por qué Dios nos odia tanto?
Aquello fue demasiado. Tal vez estaba mejor muerto. Por lo menos callado. Salí corriendo, abriendo de un golpe la puerta que llevaba directamente a la sala donde esperaba mi féretro. De hecho irrumpí allí con tal vigor y descoordinación, que me tropecé y fui a caer directamente en su interior. No sé cómo sucedió; simplemente, caí en el ataúd y la puerta se cerró con el impulso. Vaya forma más estúpida de acabar en un ataúd, me dije. Bueno, al menos no estaba muerto. No podía decir lo mismo de la batería de mi móvil, mi única esperanza de salir de aquel grueso armazón de madera maciza. Tal vez no duraría lo suficiente para realizar una llamada, así que me metí en Facebook y actualicé mi estado: “Está bien, estoy muerto; pero sacadme del ataúd, por favor”.

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