Orígenes de la ciudad moderna

Aevirae-taberna

Mi mundo no es perfecto. Sonará a obviedad porque ninguno lo es, pero es su imperfección la que lo hace tan fascinante. Tal vez la clave esté en el increíble desarrollo propiciado por la tecnomagia, o quizá por las civilizaciones constituidas a partir no sólo de las etnias humanas, sino de una mezcolanza de razas de seres tan dispares como nosotros, los elfos, y los centauros, tankalas, enanos, elfos y halflings. Y, más aún, por haber logrado una conciencia de grupo entre todos. En algún viaje pude advertir que, aunque esto que digo suene de lo más razonable, no se logra con facilidad en otras partes de Enor, mucho menos en otros mundos donde a los habitantes les cuesta aceptar a su propia gente. Supongo que esto es debido a que, para empezar, no se aceptan a sí mismos.

Queda patente como el manto estrellado en una noche sin luna. Lo que hace mi mundo preferible a mis ojos son esas relaciones entre los seres que lo habitan, pues la tecnología de otros mundos no tiene nada que envidiar a nuestra tecnomagia. Como elfo tuve el privilegio de comprobarlo cuando, un par de siglos atrás, el Cristal de Gwalathar fusionó algunos de esos mundos en el nuestro. Y si las relaciones son tan determinantes es debido, sin duda, a la amplitud de miras entre seres tan distintos cohabitando en términos de igualdad y a la educación propiciada por el Ministerio de Ética.

Siglos atrás, cuando las ciudades no estaban delimitadas y no existía ni el esbozo de un gobierno, no era insólito contemplar tribus de centauros luchar contra los orcos con igual furia que contra los humanos. Los primeros destruían sus bosques, los segundos los invadían. Los líderes de cada tribu y raza hablaban lenguajes distintos, y no me refiero sólo de forma verbal. Estaba muy claro que, cuando un líder humano ofrecía la mano como saludo y el orco hacía lo propio con un garrotazo en la cabeza, no se alcanzaba el entendimiento. De hecho, muchos humanos lo perdieron irremediablemente en estos intentos por llevarse bien. Pero, con el tiempo, las asperezas se fueron limando y las diferencias se iban diluyendo a medida que los líderes hacían su trabajo, que no es otro que el de velar por su pueblo. Y la verdad es que matarse unos a otros no entraba en esa definición para muchas tribus. Caso aparte son los poblados bárbaros, entre los que se encuentran los orcolaris, pero en general la gente empezó a llevarse bien y el espíritu abierto de algunas razas se contagió rápidamente incluso entre los atribulados elfos.

Fragmento de las “Crónicas de Iudovhiel, el historiador”.

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