Infiltración: 2. En el interior

Susurrando un comando mágico, hace crecer las uñas de sus manos hasta un punto más que aceptable para un bardo que quiera darle vida al laúd. O para un ladrón que quiera pasar inadvertido encaramado a las vigas de lo que parece ser una biblioteca. Un ladrido lejano afianza si cabe su determinación de no pisar el suelo. Los techos altos son el escondite perfecto, pues las escasas velas apenas llegan a iluminar los alrededores y las sombras bailan, haciendo imperceptible el movimiento en las alturas. Lo malo es que, con tan poca claridad, tampoco resulta fácil percibir la presencia de nadie hasta que está demasiado cerca. Así pues, sólo confiando en los instintos y sus aguzados sentidos, llega al único acceso visible a la sala, una puerta que seguramente conecta con un pasillo. Inmóvil, lo único que se oye en la sala es el latido de su propio corazón. Parece que no hay peligro, por lo que se deja caer hasta el suelo, flexionando las rodillas y rodando por el suelo para amortiguar el impacto. Cualquiera hubiera esperado algún “pam” o un tímido “stomp” pero aquel allanador, simplemente, no había producido más sonido al caer que el de su ropa crujiendo al desplazarse. Ya de pie, atranca la puerta con una silla bajo el picaporte. Por un momento, como siempre, se imagina lo gracioso que sería que la puerta se abriera hacia el otro lado.
 Seguidamente se acerca a una estantería que encaja en la pared en lo que a primera vista habría parecido un arco ciego. Sin embargo, al tirar de la estantería aparece detrás una entrada de escaso tamaño que permanecía oculta. La oscuridad aquí es absoluta, de modo que nuestro personaje saca de un bolsillo oculto una sortija con una pequeña piedra iridiscente, colocándosela en la mano izquierda y susurrando la palabra de poder que activa su magia. Ilumina suavemente el contorno de unas escaleras que bajan caracoleando, por donde prosigue su camino durante largo rato.
 Para su sorpresa, un muro bloquea el paso al final de la escalera. Aquí las paredes son bastas y construidas con piedra y argamasa, nada que ver con el aspecto refinado de la biblioteca. Incluso el suelo es irregular y se halla tapizado de arena y guijarros. Cogiendo uno de ellos, lo arroja contra el muro con gesto despreocupado. Nada sucede al chocar, pero al rebotar la piedrecita queda suspendida en el aire, inmóvil. Sin lugar a dudas se trata de una trampa paralizante que ha estado cerca de dar por finalizada aquella incursión nocturna. Tras arrojar un puñado de arena y hacer más visible el tejido mágico de la trampa, puede rodearla hasta llegar a la pared y posar sus manos sobre el relieve de piedra, tanteando. Una breve búsqueda que da sus resultados, puesto que encuentra unos goznes y empuja, dejando libre acceso a la siguiente sala. Ese es el verdadero objetivo: el almacén de objetos mágicos. Nuestro personaje se frota las manos, lo cual es un error, todos lo sabemos. Y no lo digo porque tenga unas uñas modificadas mágicamente como para arrancarse una verruga al rascarse, sino porque siempre que un personaje se frota las manos paladeando su premio, sucede algo que frustra sus alegrías. En este caso, al entrar se cierne tras de sí la improvisada puerta pétrea, que no es otra cosa que un pequeño golem de piedra que apresa al ladrón al instante.

[Parte 3]

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2 comentarios en “Infiltración: 2. En el interior

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