Infiltración: 3. Soth

[Parte 1]

[Parte 2]

El golempuerta, carente de emociones, estaba programado para rodear con sus brazos de piedra a cualquier intruso que no recitara la contraseña, añadiendo a su captura un mensaje de voz que decía con sorna «¡abrazos gratis!».
Las luces de hainu se encendieron simultáneamente, cegando por un momento al intruso inmovilizado. En el centro de la sala recién abierta, donde había instalado un punto de teleportación, apareció entre bruma y burbujeos mágicos una pequeña criatura. Era un mediano en pijama.
—¿¡Otra vez, Aevirae!? ¿Es que no puedes venir a visitarme en horario comercial? —dijo el hombrecillo, enterrando sus hinchados ojos de sueño en la palma de una mano. En la otra, sujetaba distraído una novelita titulada «Encantamiento de amor».
—Oh, vamos, Soth! Ya sabes que no me gusta molestarte —respondió ella socarrona. El intruso era una chica delgada, de cabello claro con un ligero tono morado.
—No, claro… despertarme de madrugada no es molestia…

 

Nuestra joven ladrona Aevirae, liberada de la presa del golem, hablaba con Soth con una familiaridad forjada a través de años de transacciones comerciales. El mediano era un personaje flemático de mirada inteligente, aparentemente despreocupada, pero a la que no se le escapaba el mínimo detalle. Se revolvió aún más su encrespado cabello, profuso por todo el cuerpo, y procedió a encenderse una pipa. Cuando Aevirae le hacía una visita, lo mejor era ponerse cómodo. Y él era un experto en esa materia.
—¿Y bien? — comenzó Soth—. ¿Qué necesitas esta vez? Te advierto que si quieres recargar los objetos mágicos…
—Si así fuera no habría venido por la puerta de atrás.
—Aunque así fuera lo habrías intentado igualmente. ¿No te cansas de acabar siempre en alguna de mis trampas? —dijo el mago, pues aquella era su profesión, mientras reiniciaba el golem con su función de puerta vigilante.
—¡Te equivocas! Alguna que otra vez me he visto expulsada mágicamente al patio, justo a tiempo para jugar con tus perros. Pero, ¿qué quieres que le haga? Tu mansión es el único reto interesante en esta ciudad y, en el fondo, te hago un favor. ¡Podríamos decir que soy tu beta tester de seguridad!
—Reconozco que a mí también me resulta estimulante idear nuevos sistemas y trampas. Además, me infunde seguridad comprobar que funcionan. Como también funcionan los juguetitos que te alquilo. Devuélveme el planeador, por cierto, lo necesita un cliente.
—Ya —dijo la ladrona con evidente resquemor mientras dejaba el artefacto en el suelo, en su estado minimizado—. Imaginé que tendrías un círculo-base de teleportación en el almacén, pero no me esperaba lo de tu portero de discoteca.
—Si fueses una elfa lo habrías detectado. O si hubieras llevado estas gafas de visión élfica que acaban de llegarme —dijo al tiempo que le tendía unos extraños anteojos de aspecto steampunk de lentes intercambiables—. Como sabes, los elfos tienen la virtud de percibir el aura de los seres vivos, incluso pueden ver tenuemente la corriente del hainu. Por eso son expertos en detectar las trampas mágicas. Afortunadamente, los elfos no son muy dados a la delincuencia —dijo mientras se rascaba la barbilla.
Algo no encajaba en aquel artilugio. Por un momento, Aevirae se detuvo y, sin terminar de colocarse los anteojos, miró escéptica a su interlocutor.
—Pero, ¿cómo puede saber quien las fabricó que así es como ve un elfo?
—Porque las inventó un elfo.
—No lo entiendo —Aevirae se sentía cada vez más desconcertada—. Si fue un elfo, no sabría si su invento funcionaba, ¡ni siquiera notaría la diferencia!
—Verás, se podría decir que ya no era un elfo cuando las fabricó… Para entonces ya había perdido su condición élfica tras intentar fusionar su cuerpo con el de un mandril alado. Supongo que hizo estas gafas porque le costaría adaptarse sin su visión élfica.
El tiempo se volvió tan denso como el humo de la pipa del mediano. Caracoleó y se hizo volutas hasta que Aevirae devolvió el artefacto, lentamente.
—Déjalo. No me fio de los inventos de alguien que intenta mutar su cuerpo con simios voladores.
Siguió inspeccionando algunos de los artefactos expuestos en aquel almacén, donde Soth guardaba los productos especiales. No eran aquellas bagatelas que alquilaban o compraban los ricachones, dejándose llevar por las modas. Todos tenían en sus hogares las típicas gargolarmas, mucho más baratas y fáciles de mantener que los gnomos de jardín berserker. O esos anillos con varias cargas del conjuro «bola de fuego» que tanto gustaban a los adolescentes adinerados. Tendrían muchos dinaureos, pero eran más brutos que un arado, arrojando una bola tras otra sobre los gatos callejeros de la zona comercial. Soth no le ofrecía nada de lo que tenía en aquel sótano a nadie que no tuviera verdadero interés y conocimiento, y Aevirae era su cliente más experta y fiel. Tal vez no era su mejor cliente, pero era una de las pocas personas a las que podía llamar amiga.
—De todas formas no me parece justo —rezongó la menuda y enjuta chica.
—¿El qué? ¿Que un elfomandril volador venda gafas? Hay que ganarse la vida…
—Los elfos tienen la capacidad de ver muy lejos y vislumbrar la energía de los seres vivos; los enanos distinguen las variaciones térmicas y poseen un gran sentido del espacio; incluso vosotros, los mediometro, tenéis un olfato muy fino y sois capaces de detectar el peligro o el miedo.
—Ciertamente —Soth usaba aquella respuesta como latiguillo.
—Nosotros los humanos no tenemos nada de especial —dijo pensativa, para después ofrecerle a Soth una de sus sonrisas pícaras tan características—… Así que supongo que por eso nuestro ingenio es mayor.
—No, los del ingenio superior son los gnomos, si es que se le puede llamar ingenio. Pero Aevirae, créeme: muchos elfos, enanos, gnomos o medianos querríamos tener unos sentidos tan agudos como los tuyos. De hecho no sé cuándo has logrado robarme el pergamino de «licuar» que tienes detrás de ti…
—¡Ja, ja, ja! Tú si que eres agudo, canijo. Sólo estaba recuperando el material invertido en esta pequeña incursión a tu palacio. No te creas que me sale gratis llegar hasta aquí.
—Si vinieras como un cliente normal nos saldría más barato a los dos —le dijo el mediano mientras encendía la pipa con un chasquido mágico de dedos.
—No podía, Soth. Tengo prisa.
—Un trabajo, ciertamente. ¿Carne o pescado?
Hay que aclarar que el pequeño mago no tenía interés alguno en las inclinaciones sexuales de Aevirae, ni mucho menos la invitaba a cenar. En la jerga de las cofradías ocultas, entre las que se encontraban los gremios de ladrones y asesinos, era común emplear recetas de cocina como mensajes ocultos para los encargos. Carne era el equivalente a un asesinato, mientras pescado hacía referencia al hurto.
—Pescado —dijo Aevirae mientras seleccionaba un par de objetos mágicos, saquitos y pergaminos de las estanterías—. Voy a la mansión Valthiëca.
La ladrona no lo vio, pero pudo adivinar perfectamente que la noticia había provocado que el humo de aquello que fumaba Soth, fuera lo que fuese, se le escapara por los orificios más equivocados de la anatomía mediana.
—¿Estás loca? —consiguió articular tras emular el grito de apareamiento del troll de basurero en su acceso de tos—. Esa mansión tiene mucho más que defensas mágicas. Nadie se ha atrevido a poner un pie allí, al menos intentarlo desde hace años. ¡Por no hablar de lo bien vigilada que está!
—Hoy lo estará más —dijo Aevirae, sonriendo maliciosamente.
—¿No querrás decir que…? ¡¡Les has avisado!! Hoy paga antes de irte…

Infiltración: Fin

[Continuará en «La estatuilla de Lorindán»]

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Un comentario en “Infiltración: 3. Soth

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