Gusanos en la basura :: Origen

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A veces me despertaba en mitad de la noche y me daba cuenta de que estaba solo.

Tenía cuatro años y mi comprensión del mundo era vaga y confusa. Levantarme y descubrir que no había nadie a mi alrededor debería haber generado en mí una sensación más desapacible, quizá incluso aterradora, más allá de la indefensión y el velo de completa ignorancia con el que me paseaba por la casa. Cuando había recorrido todas las habitaciones, ya me había hecho a la idea de que mamá no estaba. De noche, en la oscuridad, completamente solo y en silencio, era como si el mundo se detuviera para mí. Podía sentir cómo mi presencia, por lo general pequeña e imperceptible, se magnificaba en el salón. Como quien se acerca a un foco y extiende su sombra, sin dejar de ser pequeño me convertía en importante. Era el único ser vivo que habitaba aquel espacio; de pronto todo era mío en algún sentido. Ante otras personas mi poder se veía mermado, eclipsado. Pero ante la nada yo era un pequeño dios. Por supuesto me hallaba inquieto, pues una madre te hace sentir seguro pero una madre que no está, es una incertidumbre pendiente en el aire. Sin embargo, no tenía miedo. El silencio y la oscuridad eran mis amigos, quizá más de lo que muchos seres humanos podían llegar a serlo. Sentía paz, me sentía a mí mismo, y la ausencia de estímulos me daba un descanso en la mente y el corazón que encontraba reconfortante como un bálsamo.

A veces era similar por las mañanas. En casa había un muro de silencio a mi alrededor y me mantenía aislado del bullicio del nuevo día en el exterior. Pero era un silencio muy distinto al de las noches en las que me despertaba en soledad. Por las mañanas había una o dos presencias en algún rincón y no era un silencio auténtico, con su gravedad acostumbrada. Al compás del leve rumor del tráfico, varios pisos más abajo, la respiración que acompañaba siempre a una presencia se dejaba sentir en el dormitorio de mi madre. De vez en cuando algún ronquido de otra persona, bisbiseos o el frufrú de las sábanas. Las mañanas eran parecidas a las noches, pero el acuerdo que yo establecía con la deidad del silencio cambiaba por completo. Por la noche, se hacía sentir con una autoridad incuestionable. Yo estaba capacitado para invadir su terreno con alguna palabra o al moverme por sus dominios, mas él siempre volvía a su estado natural y se hacía con el control. Por la mañana, debilitado, adquiría una nueva cualidad de sagrado que exigía mis respetos. Yo tenía el control y sabía que tenía poder para derrocarlo, al menos hasta la noche. Sin embargo tenía cuidado y dejaba que este silencio, más humilde, me acompañara hasta que el nuevo día fuera oficialmente inaugurado por las personas mayores. Mientras el silencio se quedaba conmigo y yo le dejaba estar, el mundo seguía girando. Los gusanos salían de la basura para unirse a él.

He mencionado ya que mi comprensión del mundo era vaga y confusa. Creo que merece la pena destacar un concepto, puesto que va a servir para comprender muchas de las actitudes y comportamientos que voy a describir a lo largo del libro. Hay que tener en cuenta que, como en el «mito de la caverna», lo que viví y el prisma a través del cual lo viví, supuso la fuente a partir de la cual he interpretado la verdad del mundo y de la vida. Más adelante he ido descubriendo partes del mundo exterior que me hicieron comprender no sólo lo diferente que puede ser la vida para otros, sino que todo lo que hemos aprendido las personas por separado, no deja de ser igualmente válido, cierto e incierto a la vez. Y yo aprendí que la vida era contemplación, estar callado, procesar la magnificencia del mundo a través de nuestra propia lente y, como tal, proyectarla en el fondo de nuestro pensamiento. Interpretar las sombras que vemos en el fondo de nuestras cavernas. Y allí, en mi pequeña caverna, sucedían hechos que aunque me resultaran fascinantes, no podía evitar tachar de completamente normales. Como ver una procesión de gusanos saliendo de la basura en la terraza de mi casa. Jamás he vuelto a verlo, por más que una bolsa de basura haya permanecido en el cubo oliendo como si Satán hubiera instalado en ella su retrete personal; por más que los deshechos orgánicos hayan tenido sus momentos de fermentación en modo sauna en pleno verano. Aquel fenómeno que rápidamente asumí como habitual, imaginando que era «lo que sucede cuando no tiras la basura un día», era el resultado de una desidia y una desgana que sólo comprendí muchos años después.

Asomado al balcón que daba a un patio interior en un séptimo piso, la bolsa estaba sin cerrar y despedía un olor desagradable y dulzón. A pesar del vértigo y del olor de la bolsa, los gusanos, erráticos, llamaron poderosamente mi atención. Provocaban en mí el necesario grado de aprensión como para sentir alivio al advertir que ninguno tenía intención de entrar en casa. Más bien buscaban otros horizontes en las verticalidades del balcón. Seguramente algún vecino de más abajo se encontraría una desagradable sorpresa al ir a recoger la escoba o tender la ropa. Y, por supuesto, se preguntaría de dónde salían aquellos asquerosos gusanos. De hecho es lo que yo me preguntaba, aún delante de su evidente lugar de origen. Lo primero que me pregunté fue el motivo por el cual a alguien se le ocurriría echarlos en la bolsa de la basura y, una vez hecho, por qué no la habría cerrado. Claro que, tal vez, los gusanos no habían sido siempre gusanos al igual que yo no había sido siempre yo. ¿De dónde habían salido? ¿A dónde iban? ¿Qué buscaban o qué querían? ¿Qué eran? Y así fue como, con cuatro años y sin saberlo, había comenzado a formularme las preguntas más difíciles de la vida. Y, si no había logrado averiguar la verdad sobre los gusanos, ¿cómo iba a pretender conocerla sobre mí mismo?

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