GELB :: Columpios de hierro oxidado

Para los que no lo sepáis, para llegar a la meta propuesta por el NaNoWriMo, se estima que cada día deberían ser escritas 1667 palabras. Los capítulos de mi novela testimonial, “Gusanos en la basura” (desde ahora “GelB”), rondan las 900 palabras. Eso significa que estaré produciendo una media de casi 2 capítulos por día. Se puede seguir la novela a través del blog mediante la etiqueta correspondiente y en Wattpad (se necesita abrir cuenta). Por supuesto, seguiré publicando otros contenidos.

Columpios de hierro oxidado

columpios

Mi naturaleza observadora y mi pacto secreto con la oscuridad y el silencio, lejos de convertirme en algún tipo de ninja nocturno supereficiente, me habían hecho una persona bastante espiritual. En ese sentido, mi madre también había influido bastante. Supongo que no todos los niños de tres años han dedicado parte de sus interrogatorios internos a ciertas cuestiones metafísicas. Nunca me dio por hablar de Sartre con ellos. Pero dejando de lado las preguntas que me hacía y esa búsqueda de la existencia que poco a poco nos encuentra, yo era un niño que disfrutaba con placeres muy sencillos. Allí fuera había columpios. Me encantaban los columpios. Podía pasarme largos minutos observando cómo los bichos reptaban por el suelo, ver a dónde se dirigían, con la paciencia de un cámara de documentales. Pero no por nada los amigos de mi madre me conocían con dos sobrenombres: Conan y Suzuki. Una vez había pasado mucho tiempo en calma, me sentía especialmente activo después, por lo que recorría los parques como un loco en busca de columpios. Los que existían a principios de los ochenta eran bastante aburridos, todo hay que decirlo. No había castillos, ni barcos, ni parafernalia con la que imaginar que eres parte de una aventura. Había unas aberraciones duras y frías de metal pintado de amarillo. El producto estrella era un arco de barras entrelazadas, con la altura suficiente para que los niños nos encaramásemos y pasáramos las manos de barra en barra, allí colgando. Ese era el modo a prueba de fallos. Al menos, el mayor fallo que podías cometer era resbalar y caer unos centímetros hasta el suelo arenoso. A mí me gustaba corretear por encima de las barras, poniendo un pie en cada barra transversal. Creo que en mi vida me he golpeado seriamente la cabeza pocas veces. En esos columpios me he dejado no sólo parte de mis manos y de mis pies. En alguna ocasión realizamos un intercambio, dejándome yo la barbilla y, la estructura, parte de su pintura. A mi favor debo admitir que por muy duros que fueran esos circuitos de juego, yo aún tengo la cicatriz pero sigo por aquí. No se puede decir lo mismo de ellos.

De pequeños, siempre nos preguntan lo que queremos ser de mayores. Con esta pregunta comenzamos a plantearnos ese abstracto momento en el que, mágicamente, nos convertimos en adultos como nuestros padres. Pero más importante aún que lo que respondemos es lo que hacemos. Aquí los niños tienen varias posibilidades y, mientras los hay auténticos y originales, creo que la mayoría nos decantamos en algún momento por mencionar la profesión que más nos ha llamado la atención en los últimos días, sin interés real por realizar su trabajo. Pero ahora, con perspectiva, le habría recomendado a mi yo de la infancia una profesión con la que hubiera sido feliz: tester de columpios. Hubiera sido una profesión de riesgo, pero estaba acostumbrado. Yo miraba al miedo a los ojos y le meaba a la cara. A pesar de acabar maltratado por los armazones de metal de los parques, lo que realmente me daba miedo y lo que más daño podía hacerme, eran los niños gitanos que venían detrás de mí y me tiraban del pelo. Porque otra cosa no, pero de enano tenía un buen pelazo rubio. Yo no entendía de etnias y nunca le había dado importancia. Para mí eran unos seres diabólicos, unas criaturitas de tez muy morena que en vez de jugar con los columpios se dedicaban a aterrorizarme. Buscaban mi cabello, tal vez para realizar algún oscuro ritual demoníaco, seguir atormentándome cuando no estuviera y se aburrieran por el parque, o tal vez por la curiosidad de que fuera tan rubio. En cualquier caso, me habría desprendido alegremente de los mechones como si fuera una cola de lagartija con tal de no haber pasado aquellos momentos de angustia cada vez que los veía aparecer a lo lejos. Después de aquellos encuentros adquirí un superpoder y un único punto débil. Aprendí a volverme casi invisible, pues a veces lograba que no repararan en mi existencia o me reconocieran como la piñata peluda. Mi debilidad, por otro lado, era que me tiraran del pelo. Lo malo era que mi poder de hacerme casi invisible no funcionaba casi nunca, y a cambio todo el mundo parecía adivinar cuál era mi talón de Aquiles. Me han tirado mucho del pelo.

Es curioso, no sabía lo que era un gitano hasta que esos niños se dedicaron a abusar de mí; por otra parte, la única persona a la que he pegado un puñetazo en toda regla era gitano y no lo supe hasta que le pegué. Cosas del karma, imagino, pero hubiera preferido que el puñetazo se lo llevaran esos niños detractores del pelo Pantene.

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