GELB :: En pijama por la calle

Soy un ser con tendencias noctámbulas. No es tanto que me guste salir de noche, ya ni siquiera me siento especialmente activo cuando se va el sol. Es simplemente que mi ciclo natural parece más afín a un horario ligeramente atrasado. Ligeramente, unas seis horas. Me he preguntado muchas veces por qué siempre he opuesto tanta resistencia a dormirme, cómo es que me he acostumbrado tanto a trasnochar. Mi madre parecía funcionar también de forma similar. Mi madre trabajaba de noche, solía dormir hasta bien entrada la mañana. Fui descubriendo que existen factores hereditarios y otros completamente ajenos que pueden influir y acabar en lo que se conoce como «síndrome de la fase del sueño alterada». No es que en mi más tierna infancia fuera un búho, me quedaba como una piedra como todo hijo de vecino al llegar la noche; simplemente tenía más facilidad para mantenerme inquieto más tiempo y parece ser que me despertaba más frecuentemente. Desconozco si los horarios de mi madre pudieron afectarme antes de nacer, pero tal vez sí lo hicieron más adelante. Me mandaban a la cama, claro, pero luego era frecuente que mi madre y sus amigos prolongaran sus conversaciones hasta bien entrada la noche. De vez en cuando me despertaba y me levantaba. A veces había gente. A veces estaba solo.

¿Qué pasaría si una noche abría los ojos y mi madre se había ido para siempre?

Era de madrugada y no sé si fue un ruido, una pesadilla, o la inquietud que pudiera sentir al no haber nadie en casa que velara por mi sueño. Me levanté de la cama con la mirada borrosa, me picaban los ojos. Anduve por la casa llamando a mi madre. Me respondió el silencio. Esa noche no tenía ganas de compartir su compañía, quería a mi madre. Como una mascota que aprende un truco nuevo, superé la barrera invisible que delimita el territorio practicable y giré el pomo de la puerta del apartamento. Me dirigí a lo desconocido. Lo siguiente que recuerdo es haber superado la siguiente barrera, hallándome en la puerta de la calle. En pijama. Descalzo. La puerta se cerró detrás de mí. Definitivamente, mi madre no estaba allí. El mundo era mucho más que las habitaciones de mi casa y la acera de mi puerta, incluso más que el parque donde los niños gitanos venían a arrancarme mechones de pelo. El mundo era vasto y desconocido, y era la primera vez que salía sin un guía. No era la viva imagen de la preparación, precisamente. No sé cuánto tiempo pasé allí plantado, sin saber qué hacer. A pesar de no haber tráfico, me habían enseñado muy bien que no debía cruzar la calle. Es una lástima que no me hubieran enseñado igual de bien a quedarme en casa. Pero pasó un coche. Era muy pequeño y tenía sueño, tal vez fuera mi apreciación distorsionada, pero el caso es que me pareció que era un descapotable del que asomaban varios mayores. El coche se detuvo delante de mí. Sus ocupantes me llamaron. Parecían alegres. Me subieron y me llevaron en el coche. Eran la única autoridad allí, ¿por qué iba a desobedecer a unos perfectos desconocidos, si eran mayores? Me preguntaron por mi madre. Normalmente a un niño perdido se le pregunta por más de un progenitor. En mi caso lo normal era tener una madre. Por supuesto yo no tenía la menor idea de dónde estaría dicha progenitora. De mi madre he aprendido muchas cosas; como ya he mencionado, aprendí a ser relativamente espiritual; aprendí a no hacer ruido por las mañanas; aprendí que era recomendable tirar la basura cuanto antes; por supuesto, también me enseñó que no debo cruzar la calle. Por lo visto, mi madre me había enseñado calladamente la mayoría de ellas y, calladamente, me fui dando cuenta de que mi madre apenas me contaba nada. Y yo no sabía nada de ella que no hubiera deducido por mí mismo. Así que también aprendí a ser reservado y a desarrollar mis dotes de deducción. Lo que no pudiera resolver con ésta, activaba mi imaginación. Indirectamente, mi madre me enseñó a ser creativo. En aquel momento, subido al coche de unos extraños, hubiera preferido poseer una mente más deductiva que imaginativa. Sobre todo cuando no supe indicar a estos señores alegres dónde encontrar a mi madre. Lo que sí deduje correctamente fue que, de algún modo, la conocían.

Al cabo de un rato estábamos en un bar de copas. Era verano, y un pub en Alicante a principios de los ochenta era un lugar lleno de actividad durante toda la noche. Fuera del descapotable mágico que podía localizar a mi madre, había luces, música, palmeras y gente bebiendo y fumando. De hecho, el bar estaba prácticamente construido alrededor de una gran palmera, donde había mesas y bancos de cemento para sentarse. Allí estaba mi madre, con una bandeja en la mano repleta de vasos y botellas. No parecía alegrarse de verme allí. No era de esperar que sintiera el alivio que sentí yo al verla, claro. En el mundo de los adultos —yo no lo sabía pero— aquello era una «putada». No lograba entender por qué no podíamos ir a casa y así dormir tranquilamente, sabiendo cada uno que el otro también estaba en casa. ¡Había tantas cosas que desconocía y que nadie me explicaba! Los amigos de mi madre me hicieron compañía y me tuvieron vigilado. Probablemente supieran que tenía el poder de ser casi invisible. Reconozco que me eché un sueñecito en el duro banco, no sé si hasta que mi madre terminó de trabajar o hasta que consiguiera una sustituta para llevarme a casa. No creo que estuviera enfadada conmigo. Si estaba enfadada con alguien, tenía pinta de ser consigo misma.

Varios años después ya no trabajaba, pero seguía durmiendo por la mañana a oscuras. Con una botella de ginebra debajo de la cama.

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