GELB :: Tráfico de niños

Más adelante hablaré de lo que le sucedía a mi madre. Nuestras historias están estrechamente relacionadas como hilos que se entrecruzan y, sin ir siempre parejos, un tirón podía afectar todo el entramado. Me quedaré un rato más con el recuerdo de cuando mi madre era quien cuidaba de mí, incluso teniendo en cuenta que ella tenía que trabajar y yo, solo en casa, tuviera más peligro que un mono con pistola. Supongo que cada vez era más necesario llevarme a una guardería.

A raíz de mi primera noche de juerga en el pub donde mi madre trabajaba de camarera, hubo algunos cambios en la rutina a la que estaba acostumbrado. No es que me aficionara a salir a la calle en pijama, ni que me volviera un autoestopista consumado. Mi madre cambió de trabajo. Ahora trabajaba por la mañana y así podía llevarme a lo que, en su momento, yo consideré como un centro penitenciario para delincuentes infantiles. Aunque, para ser sincero, lo primero que pasó por mi cabeza era que me estaba vendiendo a una mujer que coleccionaba niños. Sabía que mi aparición estelar en su lugar de trabajo la había descolocado; más aún, se había molestado conmigo por ser tan inoportuno y cabeza de mala almohada, eso podía percibirlo de forma meridiana. Pero de ahí a deshacerse de mí de una forma tan fría… ¿Qué iba a pensar? Se fue diciendo que volvería pronto y detecté al instante la mentira. Para eso, hubiera preferido que me dijera claramente que había obtenido algún rendimiento gracias a mi venta y que nunca me olvidaría, que me diera un beso en condiciones y poder empezar a olvidarla cuanto antes para mitigar mi dolor.

No sé cuántas horas pasé allí. A mí me parecieron días. En el papel cuadriculado que me habían dado no dibujé jirafas ni casas con soles. Hacía marcas por cada hora que pasara, como un preso que cuenta así sus días de confinamiento. Cada cierto tiempo, hecha la muesca con las ceras de colores, preguntaba por mi madre a la chica «a la que me habían vendido». Cada vez que esto sucedía, mi angustia aumentaba otra muesca también. Los adultos podían mentir o, simplemente, no decir la verdad. Admito que era muy pequeño, pero ya había aprendido lo suficiente como para saber que, cuando me contestaba que volvería «muy pronto», no lo decía con sinceridad. La verdad es que ella no tenía ni idea. Eso, y que el concepto del tiempo que tiene un niño de mi edad es bastante aleatorio y no se basa en el número de tic-tacs de un reloj, sino en si estás entretenido o no. Y yo no podía entretenerme ni divertirme. Estaba realmente preocupado y la ausencia de mi madre me pesaba como una losa. Mi madre era mi único vínculo con la realidad, mi soporte, mi traductora de la vida. Ella era lo único que conocía, aunque apenas la conociera. Era mi sombra de la caverna. No podía saber lo que producía sus sombras, pero era toda las sombras que yo conocía. Todo el amor que puede albergar un niño lo proyectaba hacia ella. Y, sin ella, me sentía perdido.

Si hubieran sido sinceras conmigo, tanto mi madre como mi nueva propietaria, habría podido resignarme a mi suerte. La ambigüedad, la vaguedad de las verdades y las mentiras me provocaba tal incertidumbre que cualquier cosa podía pasar. Podía esperar que mi madre volviera a por mí, arrepentida. O que la chica que me tenía bajo su custodia sólo fuera una intermediaria. Sea como fuere, si llego a saber todo de antemano, habría podido disfrutar de un rato más agradable con mis pinturas. Tal vez incluso habría intentado entablar algún tipo de contacto con el resto de niños, a los que veía completamente absortos en su propio mundo. Una niña jugaba con cubos sin más propósito que ver cómo se desmoronaban; otro chico parecía querer usar sus mocos como medio en gel para sus pigmentos de cera: estaba más interesado en la técnica que en el resultado. «¡Bendita ignorancia!», pensé, pues no acertaba a comprender que pudieran mostrarse tan tranquilos aquellos niños. Al fin y al cabo, habían sido vendidos como yo, traicionados por sus propios padres. Sentí mayor inquietud al pensar que esa actitud sumisa, como si no sucediera nada, era lo que me aguardaba con el devenir de los días. Me olvidaría de mi madre.

Pero ella volvió. Cuando descubrí que no me quedaría solo para siempre, que no tendría que rendir pleitesía a la nueva matrona, la chica que sudaba incómoda cada vez que le había preguntado por mi madre, al fin pude disfrutar un poco. Mi madre había sido sincera esta vez conmigo, pues me confesó que aquella experiencia se repetiría prácticamente a diario. Sentía pena, pero al saberlo con certeza pude hacerme a la idea. Me hacía feliz saber que, con seguridad, volveríamos a estar juntos. Al fin y al cabo, ya estaba acostumbrado a pasar largos ratos yo solo por la casa. Mi último recuerdo de esa mañana eterna, fue cuando nos dirigíamos a la salida de aquel centro, imagino que se trataba de un colegio. Allí estaban unos niños mayores que practicaban el salto de longitud con suelo de arena. Cogían carrerilla y saltaban al otro lado pateando la arena, uno detrás de otro. Me resultó fascinante. Al salir y doblar la esquina, me dediqué a imitar aquellos saltos en los agujeros de las obras que habían practicado en la acera.

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