GELB :: Hijo de mil padres

Hay una pregunta que llevo mucho tiempo escuchando y que me produce sudores fríos automáticamente. Se trata del siempre desconcertante: «¿te acuerdas de mí?». Me enseñaron a ser educado y correcto, por lo que reconocer abiertamente que no tengo la menor idea de quién es la persona que tengo delante, que se jacta de haberme conocido muy bien y de haber incluso limpiado mis pañales alguna que otra vez, me hace sentir terriblemente incómodo. En cuanto a algunos de estos cambiapañales, es como si hubieran esperado veinte años a que pudiera ser consciente de su favor, que fuera capaz de agradecerles en persona su esfuerzo. Me he llegado a sentir en deuda de forma retroactiva, al menos hasta que lo analizo y me doy cuenta de que los responsables directos por aquella época eran mis padres. Con el resto de gente que me conoció de pequeño también solía sentirme turbado. A día de hoy, no tengo una buena retentiva en cuanto a personas, caras y nombres. Imagina con gente que vi de pequeño. En mi infancia no parece que fuera uno de mis aprendizajes más destacables.
Sé que pasé de mano en mano por muchas casas, y que muchas de aquellas manos no eran las de mis padres. Sin embargo, para mí ese tiempo prácticamente no existió. ¿Cómo recordarlos a todos? Hasta los cinco años se hicieron cargo de mí distintas personas en distintos lugares. Algunos durante unos fines de semana, algún día puntual; otros, me tenían durante meses. Nací en Alicante. Siempre pienso que nací «de paso» por Alicante. Realmente no sé cuándo nos fuimos de allí, pero desde que tengo uso de razón mis recuerdos se alternan entre mi madre y mi padre sin lograr arañar a la memoria los dos primeros años que debimos de estar todos juntos. Gracias a las sesiones fotográficas de uno de mis tíos he podido rellenar lagunas de recuerdos con instantáneas veraces. Son de Madrid. Debí de hacer más kilómetros en mis cinco primeros años de vida que en los últimos quince. Incluyendo los vuelos que he tomado. A pesar de moverme tanto entre zonas de Madrid y de la Comunidad Valenciana, existen unos escenarios especialmente importantes y recurrentes en esta historia. Las ciudades de Alicante, Valencia, Madrid. Y Denia.

En ese tiempo que pasé en Alicante, mi padre Arturo vivía con nosotros, mi madre Merche y yo. En aquella época, el dinero que entraba provenía principalmente de un negocio de piedras semipreciosas, gemas, minerales, fósiles, etc. Todo había empezado porque un amigo había convencido a mi padre, por lo que se pusieron a comprar materiales, herramientas, y montaron un puesto en la rambla de Alicante. Este amigo, Emilio, tenía buen ojo para los negocios. Su rostro recordaba a veces al de un hurón; de gesto cínico y ojos entrecerrados, era el personaje malvado perfecto. No es que fuera perverso, claro. Simplemente tenía un carácter difícil. Era taimado, sí, y muy inteligente. Pero carecía del tipo de inteligencia que te acerca a las personas, siendo más bien una persona prepotente y áspera. Conmigo, ya mayor, siempre se portó bien. Tenía la sensación de que me tenía cierto cariño, tal vez basado en el influjo positivo que ejercía sobre mi padre. Pero me temo que tendré que volver a un punto muy anterior, donde no tengo capacidad de valorar de primera mano lo que ocurrió. Yo era muy pequeño, posiblemente incluso para hablar. En casa, como decía, estábamos mi padre, mi madre y yo. Y, por lo visto, también hubo algún invitado. Resulta que mis padres habían vivido intensamente la época hippy y ya en los ochenta mi padre estaba descubriendo los aspectos más incómodos de una filosofía que, entre otras cosas, promulgaba el libre amor. Durante unos meses, un invitado, un chico guapo y sonriente que llegó con su espíritu de libertad y se lo restregó a mi padre por la cara, acabó restregándole a mi madre otra cosa. Y así, durante algún tiempo, mi padre volvía a casa después de trabajar con las piedras semipreciosas y con su compañero Emilio, para encontrarse la cama caliente. Más de lo que a él le gustaba reconocer. No contento con vivir bajo el mismo techo, comer su comida y vivir prácticamente gratis mientras Arturo se deslomaba por sacar el poco dinero que tenían, el invitado se tiraba a su mujer. Ya de por sí desagradable, hay que reconocer que mi existencia en este triángulo tampoco mejoraba las cosas. Había que ocuparse de mí, y como siempre sucede con los bebés, los esfuerzos de uno nunca parecen suficientes a ojos del otro progenitor. A mi padre le parecía que, además de ser currante y cornudo como un cabrón, también le tocaba cargar con más tareas paternales de las justas. Y aguantar mis lloros a cualquier hora del día. Arti —como le llamábamos todos, incluido el invitado— ya se encontraba no sólo cansado, como era de esperar, sino además especialmente irritado ante la situación. Emilio tampoco le ayudaba con sus consejos pues, como ya he sugerido, carecía de la visión que se requiere para comprender los complejos sentimientos y la psicología de una relación normal, no digo ya una de poliamor en la que al parecer sólo salían ganando dos. Emilio y mi madre no se llevaban bien, y era normal. Él parecía querer a su amigo para él solo, y veía en ella un lastre prescindible. Por no mencionar al hijo. Emilio era un soltero con una visión de la pareja que se resumía en la siguiente frase: «busca una pareja igual o más inteligente que tú». No sé si él la llegó a encontrar, o si se contentó con una pareja que le aguantara y le diera hijos. Entre otras cosas, Emilio me parecía un misógino mal disimulado. Es posible que considerase a mi madre inferior, pero tengo la sensación de que era a las mujeres en general. Ella, por otro lado, no era tonta. Se podía imaginar perfectamente qué veneno estaría vertiendo sobre ella a sus espaldas. Cuando mi padre le hacía alguna observación, si le llamaba la atención sobre algo de malas maneras, Merche sabía reconocer el aliento de Emilio saliendo de su boca. Cuando una persona se encuentra en una situación como la de mi padre, y para más inri se ve zarandeado por dos fuerzas opuestas como eran mi madre y Emilio, al final es difícil encontrar asideros contra el desequilibrio. Y mi padre cada vez estaba más exasperado.
Una mañana, le quedaban algunas horas antes de iniciar el ciclo y volver a levantar todo un negocio de la nada, aprendiendo el oficio, siendo varios profesionales a la vez. Al menos siempre fue buen comercial. Mis berridos le despertaron. En semejante estado, era fácil llevar el rasero al terreno que peor ilustra tu situación. Se sentía agotado y superado, pensando que mi madre no hacía lo suficiente, que se dedicaba al placer, olvidando a su hijo y a su pareja. Para eso, era mejor no tener un hijo. Mandarlo todo a la mierda. Tal vez fuera una de las frases que Emilio le repitiera en el taller. En cualquier caso, era fruto del discurso desquiciado de una persona que no ve la luz al final del túnel y, sumido en estos pensamientos, cogió la almohada. Se acercó a mi cuna, con la mirada perdida más allá de mí. Quería que me callara de una vez. Acercó la almohada y la puso sobre mi cara. Seguía llorando. Al cabo de unos segundos, Arturo recobró la sensatez.
Aquello no podía seguir así. Poco tiempo después, mis padres se separaban y yo fui alternando entre uno y otro, intercalado entre tíos y otros familiares.

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