GELB :: Ninja del amor

Había crecido lo suficiente para saber que lo que le pasaba a mi madre no era un hecho habitual en la vida de un adulto. Las otras madres se levantaban por la mañana, hacían sus cosas de madres y se iban a trabajar en sus trabajos de madres. Te acostaban por la noche, veían un rato la tele y se iban a dormir. En mi nueva casa, en Madrid, mi madre tenía a sus padres. Ellos tampoco hacían cosas de padres. Mi madre era, como yo, una invitada, y las noches de levantarme solo y abrir la puerta de casa habían quedado muy atrás, así como los gusanos de la basura.
Yo era como una sombra. Siempre silencioso, pasando desapercibido. Me colaba en las habitaciones cual maestro ninja. Era una hoja mecida por el viento al pasar por una puerta, un susurro al ocultarme bajo la cama, una tumba en mis períodos de espionaje. Porque no tenía más objetivo que no ser visto, perfeccionar mi capacidad para volverme casi invisible. Sin una idea concreta, pasaba a una habitación ya estuviera vacía o no, movido por la curiosidad de lo que ocurría al otro lado. La mayoría de las veces que iba subrepticiamente a la habitación de mi madre sabía que estaría durmiendo con la persiana bajada. En el fondo, lo único que quería era estar con ella. Como buen detective-ninja que era, me fijaba en la «escena del crimen», los objetos de la habitación y su disposición, con tal de idear una visión de lo que sucedió antes de quedar todo tal y como estaba. Detective-ninja era la siguiente profesión que hubiera elegido de haberme sentido libre para inventar mi propio camino. Es de esperar cuando desarrollas tu capacidad de deducción para averiguar lo que sucede a tu alrededor y como herramienta de entretenimiento entre tanta contemplación. Y cuando me había hartado de contemplar y de ser casi invisible, me iba como el pequeño delincuente que estaba hecho. Descubría mi rostro, apartando la capucha, me acercaba a mi presa e intentaba robar el mayor de los tesoros.
Un beso.
Pero entonces saltaban las alarmas y era descubierto. Ella no decía nada; me miraba en la penumbra, con una expresión indescifrable en los ojos. Creo que no le terminaba de gustar. Por un lado, era su hijo y las manifestaciones de amor tendrían que calar en ella de algún modo. Por otro, parecía molesta por haberla despertado. Para mí era incomprensible, porque cuando eres pequeño no has experimentado más que tus propias sensaciones y el lenguaje humano es incapaz de hacerte comprender algo tan complejo. Con el tiempo, gracias a todas las sensaciones recogidas en tu colección particular, lo único que puedes hacer para comprender a otras personas es un collage con las piezas más parecidas de tu caverna. Nunca idénticas. Intentar comprender a mi madre también me enseñó, indirectamente, a ser empático. A recolectar emociones y clasificarlas, enriquecer mi caverna para entender lo que sentían otras personas. La comunicación verbal no era mi fuerte, así que usaba mi entrenamiento en deducción para elaborar el collage que más se ajustara a la realidad. Al menos intentarlo. Mi madre bebía y tenía problemas no sólo para dormir o descansar, sino para mantener un estado de ánimo que le hiciera disfrutar de mis actos delictivos como ladrón de besos. El alcohol no ayudaba. Todas estas apreciaciones estaban simplemente más allá de mi comprensión. Lo único que sabía, era que mi madre sufría mucho.

Cuando sufres mucho, te vuelves muy sensible a todo. Todo te irrita. Incluso las cosas más triviales. Un día, supongo que debido a esto, mi madre dejó de ser mi madre. Se había convertido en «Merche». Soy consciente de que en muchas familias existen alteraciones de la fórmula estándar con la que dirigirse a un progenitor. Sin embargo, considero un sonido bastante grave y demasiado solemne cuando escucho a alguien llamar a su padre directamente «padre». Me hace pensar en un señor autoritario y adusto sentado en una silla de mimbre en un pueblo perdido de La Mancha. Aunque no deja de ser mejor que llamarle por su nombre —que me imagino algo similar a «Hermenegildo»—. Sé que no soy la única persona que se acostumbró a llamar a su madre por su nombre de pila, claro que tuve suerte de que en aquel caso fuera el diminutivo. El problema era el cambio, porque se me hacía más raro tras años de ser «mamá». Me pregunto si pretendía ocultar a posibles ligues que tenía un hijo, lo que era insostenible. Me inclino a pensar que odiaba la palabra por las implicaciones emocionales que sentía hacia su propia madre. En cualquier caso, la gente a mi alrededor debía de pensar que no tenía madre, que en realidad tenía una tutora legal llamada Merche. En ocasiones yo pensaba algo similar. Tenía un padre y una madre, pero a veces no estaba seguro de ello.
Pasados unos años, pareció arrepentirse. Tal vez había pasado el tiempo de que pudiera espantarle un novio a Merche. A lo mejor se había cansado de que le gastara el nombre. La misma operación, a la inversa. De «no me llames mamá», a «no me llames Merche». Yo ya no era un niño, el cambio no fue fácil. Sin embargo, a mí me gustaba la palabra y me fui a la cama contengo. Sentí, en cierto modo, que había vuelto a tener una madre.

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