GELB :: Secretos y mentiras

A partir de los cinco años, mi madre me llevó a vivir a casa de mis abuelos. En su día no comprendí por qué de pronto dejé de vivir no ya con mi madre (pues estaba acostumbrado a las intermitencias) sino de vivir en un ambiente de adultos con edades similares a la de mis padres. Mi vida cambió por completo y aquella vivienda pretendía que la llamara «hogar».
Así que allí pasé el resto de mi infancia y gran parte de mi vida, al principio solo con aquellas personas mayores, restos agónicos de un mundo atávico y ajeno a la realidad que me acechaba en cada esquina. Más adelante, mi madre venía algunas temporadas a pasar unos días, durmiendo en la misma habitación que yo. Incluso acabó viniendo también mi tía Susa, a la que adoraba. Ella y mi madre siempre habían estado muy unidas, ellas mismas proclamaban ser «como uña y mugre». Mi prima Sofía y yo también lo éramos. Pasamos un tiempo viviendo los cuatro, aunque la vida daba muchas vueltas. Cuando años atrás me llevaban con otros tíos y primos, por muy bien que me lo pasara siempre acababa pidiendo ir con mi madre. La echaba muchísimo de menos. Ahora, con aquellos señores mayores que me habían enseñado a rezar, le pedía a Dios cada noche que me llevara de aquella casa y me permitiera volver a vivir con mi madre. No sabía la suerte que tenía de tener un lugar donde vivir, por desolador que resultara.

Mi madre vino a casa una temporada, pero apenas pude verla. Pasaba los días en mi dormitorio, a oscuras. Parecía no salir nunca de la cama. Yo tuve que instalarme temporalmente en otra habitación, preguntando siempre por ella. Contaba los días hasta que venía de visita y ahora que estaba allí, sólo veía la oscuridad que imponía la persiana en aquella sala, con su cama recortada en el mismo centro. Mis abuelos me hacían salir de allí para que ella descansara. Me dijeron que mi madre estaba creciendo. Me contaron que los huesos, al crecer, dolían mucho. Me sonaba de lo más lógico. Pensé que en una semana tenía que haber crecido mucho y esperaba una nueva supermamá. Pero de allí no salió más alta. Ni supermamá. Lo que le sucedía a mi madre era que tenía VIH.

Años después, mi cara el día que descubrí que la gente deja de crecer muy joven, debió de ser un poema. A todos nos ha pasado que nos cuentan alguna trola de pequeños, y nos la creemos hasta más allá de los límites de lo razonable. Incluso cuando pasan los años, cuesta bastante convencer a tu cerebro de que Dios tiene cosas mejores que hacer que pasar las horas muertas esperando a ver si te tocas, o tardas una temporada en desechar la estúpida idea de que te quedarás ciego por hacerlo. A día de hoy aún soy incapaz de tocar la hiedra de forma inconsciente. Un niño un poco mayor que yo me convenció de que si la tocaba, me saldrían verrugas. Y que si me las explotaba, saldría un líquido que haría que me aparecieran más. Sonaba a la chorrada más elaborada que me hubieran contado jamás, pero ¿qué ganaba yo tocando la hiedra? Las mentiras, las falsas verdades, las alegorías de los adultos, incluso las mentiras piadosas, a veces son un remedio peor que la enfermedad. Sobre todo cuando nadie te cuenta la verdad con el tiempo y tienes que descubrirla por ti mismo, sintiéndote terriblemente tonto. Imagina que vas a un espectáculo de magia y mentalismo, que el mago te escoge de entre el público y decide que tiene que ser una risa hipnotizarte y hacerte creer que eres un pollo. Pues ahora imagina que nunca te despierta y eres un pollo hasta que, años más tarde, alguien sugiere que lo mismo no lo eres. A veces, sólo a veces, es mejor pasar el tiempo siendo un pollo. Y yo lo fui durante unos años. No fue hasta mucho tiempo después cuando mi madre me contó la verdad.
Descubrí más cosas, me desvelaron más secretos. Ya era lo suficientemente mayor como para lidiar con estas cuestiones y como para no admitir de tan buena gana las mentiras que inventaban para ocultarlo. Y descubrí que mi tía Susa también tenía VIH. No me dieron detalles, pero interpreté por las crípticas palabras de mi madre cómo contrajo cada una la enfermedad. Y no hay muchas formas de hacerlo: sexo y drogas, principalmente. «Tu tía Susa siempre fue más alocada», me dijo. Teniendo en cuenta que Susa había tonteado más profundamente con las drogas, me imaginé que mi madre no pretendía decirme que mi tía se hubiera infectado en una orgía, precisamente. Y en cuanto a mi madre, fue fácil atar los cabos. Había tenido un novio esos años, al que había conocido antes de irme con los abuelos. Se llamaba Kili, era la viva imagen de un macarra toxicómano al que querrías tener en la acera contraria como muy cerca. Pero era buena gente, al menos conmigo. Desconozco si alguna vez tuvo que rajar a alguien. Conducía una furgoneta Renault como si fuera la vagoneta de una montaña rusa, me ponía el estómago en la garganta en cada bajada. Al parecer él había sido el primero en contraer la enfermedad, me parece que murió pocos años después de que mi madre me contara la verdad, dejando una hija de otra pareja.

Los abuelos me dijeron que nadie debía saber aquello. Que no contara nada a nadie. A mis abuelos les importaba mucho el «qué dirán». En una familia normal, no obstante, imagino que también habría sido preferible no airear este tipo de noticias. El VIH siempre estuvo inmediatamente asociado con la peor calaña de la sociedad: drogadictos, sarasas y vivalavidas. Era el castigo divino por la vida disoluta y tan alejada de la moral, propia de la Transición, la llegada de la libertad sin medida, el Destape, la Movida… Franco había muerto pero había enviado el SIDA para compensar. Sin embargo, aquel era un peso demasiado grande para cargar solo con él. Sobre todo cuando apenas tienes catorce años y te han obligado a un voto de silencio que altera tu forma de relacionarte con el mundo. Me sentía como un criminal con un secreto del que no podía hablar. Posiblemente mi delito fuera robar un piano, porque sentía su peso sobre mis hombros. En mi boca, un pañuelo ocultando mi identidad e imponiendo el silencio. Nadie podía entender por qué de pronto me volvía melancólico y reservado, lo que me aislaba aún más. Tardé muchos años en hablar de todo aquello, una vez había muerto mi madre. No podía importarme menos lo que pensara la gente. Nada tenía tanta importancia cuando descubrí lo que era perder a la persona que más amaba.

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