GELB :: Spiderman de andar por casa

Entre mis poderes de superhéroe se encuentra la capacidad de hacerme casi invisible. No por nada me convertí en «ninja del amor», «robabesos de la oscuridad». Eso fue completamente autodidacta y siempre me sentí orgulloso de mis progresos. Ya pasada la adolescencia, había quien decía que era como un fantasma. De vez en cuando me acercaba a un grupo de unos pocos compañeros de instituto, hablaba con ellos, intercambiábamos información o algún trozo de bocadillo de tortilla o bollería industrial. Cuando se volvían para hablarme o preguntarme algo, yo ya había desaparecido. Y no, no me había llevado el bocata de nadie. No soy tan ruin. Mis poderes han de usarse para el bien o, en todo caso, de forma que no hagan mal a nadie. En estos casos advertía un tiempo muerto en el que el cerebro de la gente había olvidado por completo que yo estaba allí. Tal vez sin llegar a molestar, tampoco sentía que nadie se maravillase con mi presencia. Como siempre se me ha dado terriblemente mal el intercambio de saludos pertinente a la hora de las despedidas, optaba por irme en silencio. Si mi presencia no les aportaba nada, al menos que mi ausencia les causara algún tipo de sorpresa o emoción.
Otro de mis poderes lo adquirí gracias a un maestro. Al menos, gracias a él descubrí que podía hacerlo. David, el hijo de Sibila, era responsable de mí en muchas ocasiones. Él era un pequeño pillo de la calle y siempre fue muy despierto para su edad. Así que no era extraño que nos dejaran solos en alguna ocasión. Su inesperado papel como líder le cambiaba el carácter y la confianza, una vez no estaban ni su madre ni mi padre. De pronto dejaba de ser el niño bueno que, cuando rompía algo, me apuntaba con el dedo con su escaparate de lágrimas de cocodrilo en los ojos. Su mirada se hacía más aguda, su gesto más severo. Sacaba el pequeño tirano que había en él y yo tenía que seguirle y hacer lo que dijera. Claro que iba a aprovechar aquellas ocasiones para usarme de chivo turco o cabeza expiatoria… Pero no todo iba a ser aprovecharse de su posición y mi ingenuidad. También hizo algo que siempre agradecí: me enseñó a escalar entre escombros. Por nuestro barrio había uno de esos edificios derruidos, de los cuales sólo quedaba un muro de contención y un hermoso solar donde abundaba la basura. Y bueno: Valencia, año ochenta y cuatro, barrio con alta tasa de delincuencia. ¿Sabes a dónde quiero llegar? Bien, pues entre la basura siempre era fácil divisar las jeringuillas tiradas por el suelo. En una zona medianamente expedita de desperdicios, David se encaramó a la pared introduciendo sus dedos pequeños pero ya dotados de cierta fuerza en los intersticios de los ladrillos. Tras subir un tramo, bajó y me indicó que le imitara, guiándome con sus comentarios y señalándome dónde poner la mano a continuación. Me resbalé un par de veces, sin llegar a caer en aquel suelo maldito de mierda y agujas, y me invadió la euforia de haber logrado mantenerme en una pared, luchando con mis propias fuerzas contra el mandato dictatorial de la gravedad. Imagino que mi obsesión por lavarme las manos al llegar a casa vendrá de este momento, ya que aunque no hubiera basura en ese tramo de pared, lo más seguro era que alguien la hubiese regado noche sí, noche también, de lo que hubiera bebido en cada ocasión.

Una vez hube adquirido este nuevo conocimiento, habilidad o superpoder, necesitaba usarlo en cualquier situación. Me encaramaba a todas partes, trepaba a los árboles hasta darme cuenta de que no podía seguir subiendo ni sabía bajar. Pero, lo que más me gustaba hacer, con diferencia, era trepar por las paredes en casa de los abuelos. Ya por aquel entonces conocía a Spiderman, me fascinaban el personaje y sus poderes. Así pues, aprovechaba cuando mis abuelos no hacían la ronda por el pasillo. Embutido en mi pijama de algodón rizado, cual traje de superhéroe, plantaba manos y pies a ambos lados sobre el papel pintado de las paredes. Con facilidad, ya que pesaba poco y tenía el tamaño perfecto, subía hasta el techo apoyado en mis pies, con las piernas abiertas a modo de contrafuertes y los brazos medio extendidos ayudándome en la subida. Estaba orgulloso de ser capaz de semejante proeza. No era como escalar edificios, pero antes de correr hay que aprender a andar. Mis abuelos se ponían de los nervios cada vez que me veían hacer el mono, así que mis acrobacias tenían que pasar desapercibidas a sus ojos. Sólo cuando llegaba a casa mi prima o mi madre, corría a esperar en el techo hasta que pasaran al pasillo. Mi intención era sorprender. ¡Y vaya si lo conseguía! Nadie se esperaba encontrarse a un niño encaramado al techo con brazos y piernas medio abiertas. Hasta que lo vieron una docena de veces y, por supuesto, una docena de veces fui reprendido por los abuelos. Aquello, como todo, les parecía poco seguro, y además tengo que reconocer que yo era el peor enemigo de las paredes de aquella casa. Pero ahí no acababan mis días como niño-mono araña.

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Así me veía yo.

En mi habitación había un armario gigantesco. Eran tres armarios de seguido, enmarcados en una de las paredes largas de la estancia. Cada módulo era de dos puertas con cerradura, si bien no se usaba la llave, y dentro había varios cajones y espacio para colgar ropa. Para un niño como yo, que además tenía otro armario empotrado en el mismo dormitorio, tanto armario era del todo innecesario. Aquel leviatán era un vestigio de la vida familiar de mis tíos que, junto con mi madre, eran ocho viviendo con mis abuelos. Así que en uno había ropa de mi madre y en otro se guardaba de todo. En el que estaba frente a mi cama tuve durante una temporada una pequeña televisión que me compraron más adelante, principalmente para no secuestrar el salón cada vez que quería jugar a la consola. Pero el módulo central era especial. Los cajones eran más numerosos y llegaban hasta más arriba. Cada cajón era de una madera clara, seca, áspera y sin barnices, y en lugar de asas tenía un espacio abierto para abrir. Era un hueco por el que se podía meter la mano… o el pie. ¿Por qué habría nadie de meter un pie ahí? Bueno, yo tenía dos motivos. El primero era que vivía en una casa que, a veces, se me antojaba una prisión. Tenía muchas limitaciones, había muchas cosas que no podía hacer y una lista similar de otras que sí debía. En cualquier caso, siempre estaba bajo la supervisión de los abuelos, que eran especialmente restrictivos. Cada cosa que decía o hacía era juzgada, y siempre tenían algo que reprocharme. Incluso a la hora de informarme de cualquier pequeña tontería, con su tono solemne y cargado de autoridad, ya parecía un reproche. Así que tenía una necesidad vital de encontrar intimidad. Como un animalillo, pasaba muchas horas escondiéndome, silencioso, conteniendo el aliento y adormilado en algún rincón esperando a que pasara el peligro. El día en que pude empezar a usar el pestillo del cuarto de baño con el permiso de los abuelos, tuve al fin una porción de espacio vital propio al que recurrir en momentos de necesidad. Bueno, «otros momentos de necesidad». Así que el primer motivo que me llevó a poner un pie en los cajones del armario, fue esa necesidad por lograr un poco de aislamiento. Mi segundo motivo, porque una vez me hubieran prohibido trepar a las paredes, necesitaba encontrar otro lugar al que encaramarme, y aquel armario no iba a escalarse solo. Así que puse un pie más arriba que otro hasta quedarme subido a la parte final de la cajonera. Si todo hubiera acabado ahí, habría encontrado un escondite para un par de veces a lo sumo. De hecho había probado todos los escondites posibles de la casa, y ese duró un par de veces antes de pasar a engrosar la lista de lugares donde me buscaban. Pero no, yo había fijado mi objetivo más alto, más oculto a los ojos de aquellos señores de más de sesenta años. Con mis propios brazos, me encaramé al techo del armario a pulso. Allí descubrí un mundo fascinante. Tenía espacio para sentarme, para jugar con cuidado, para observar mi habitación desde otra perspectiva. Pero sobre todo, tenía un lugar donde ocultarme que nunca se hubieran imaginado. Aquel fue mi escondite preferido durante mucho tiempo, pues no podían verme ni hacerme salir si no me delataba yo mismo. Y yo era muy silencioso. Es más, adoraba ese silencio cuando me encontraba allí subido. Me evadía por completo, podía escuchar mis propios pensamientos sin el ruido de mi ansiedad, generada principalmente por el trato con mis abuelos. Allí era un poquito más libre. Pero mis abuelos no eran tontos. Alguna vez cejaron en su intento de buscarme, posiblemente porque no tenían nada realmente importante que decirme. Seguramente alguna de sus nuevas normas. Cuando estableces tantas, algunas de ellas claramente trasnochadas, automáticamente haces que todas ellas reduzcan su grado de importancia e incuestionabilidad. El problema de esconderme ahí venía dado cuando realmente tenían algo importante que decirme y no se daban por vencidos a la hora de buscarme por toda la casa. Así pues, tras escuchar atentamente en mi dormitorio cualquier indicio de que estuviera allí escondido, en algún momento me delataba la respiración, un frufrú o su capacidad de deducción. No podía estar en otro sitio si un rato antes me habían visto sentado en la cama y no había salido desde entonces. Así que, sin saber exactamente dónde me encontraba, me soltaban en voz alta un ultimátum. Y claro, tenía que salir de donde estuviera. Era trampa y yo lo sabía, pero al final eran ellos los que imponían las reglas. Por algo mi abuelo había sido abogado. La primera vez que me vieron bajar de encima del armario, soltaron tales exclamaciones que me imaginé que la abuela se desmayaría en cualquier momento. Por supuesto me prohibieron volver a subirme allí, pero no debieron de hacerlo con las palabras o el énfasis necesarios para disuadirme completamente.
Sólo una vez, ya entrando en la pubertad, me caí. Debido a la capa de polvo, al ir a poner la mano para encaramarme, se me resbaló y caí de espaldas sobre la estructura de cama metálica que había justo detrás. Me quedé sin respiración durante un rato y, alarmado, pensé en pedir ayuda. Pero eso habría significado carta blanca para prohibirme cualquier cosa hasta el día de mi muerte. Habría supuesto la confirmación de sus miedos, era como decirles que tenían razón, que todo era peligroso y que lo mejor que podía hacer era quedarme quieto en un rincón, para siempre. Así que desestimé la idea y, como pude, me subí a la cama, incapaz de incorporarme. Obligué al aire a entrar y salir de mis pulmones, intentando pronunciar algunas palabras. Fue muy parecido a probar un micrófono mientras agonizas. Habría sido muy triste que mis últimas palabras fueran «sí, hola, hola, probando…». Aquel angustioso momento evidenciaba la realidad. Estaba creciendo y cada vez se hacía más difícil esconderme. Además, ese armario no duraría mucho tiempo más en mi habitación. Un buen día lo desmontaron y lo tiraron. Pronto habría alcanzado el punto álgido de la adolescencia y, como un animal acorralado, empezaría a defenderme atacando. Vendrían años de lágrimas, frustraciones, rebelión contra los poderes del gobierno local, quebrantamiento de la ley marcial; unos años de cuestionar toda autoridad y de llevar cargas sobre los hombros en una fase de la vida ya de por sí suficientemente complicada. Pronto superaría la etapa de la infancia donde había adquirido fascinantes poderes. Y, sin dejar de subirme por las paredes, diría adiós, para siempre, a ser un Spiderman de andar por casa.

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