En algún lugar del bosque de Warmond

Un microcuento con un estilo bastante afectado. A veces me da por ahí. Probablemente use la idea para desarrollarla en un cuento de Enor.

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Salí a comer con un viejo amigo y la chica que me gustaba al placentero bosquecillo de Warmond, junto al canal, donde pastaban vacas y paseaban lugareños en barquichuelas, transportando bienes, fumando su tabaco despreocupados.

Solazados bajo los árboles, los haces de luz de la mañana se filtraban espesos y corpusculares, inundando de paz nuestros ánimos. No fue una salida programada, todo era fruto del azar y de un encadenamiento de ideas fulgurantes que nos había llevado al fin, con sus más y sus menos, a deglutir todo alimento que hubiéramos dispuesto tras un reconocimiento por la zona. Embriagado por el momento y motivado por la presencia de mi anhelada dama —siendo esto el prolegómeno de una concupiscencia ulterior, pues en verdad me movía el deseo de poseerla aceptando con resignación el ineludible romanticismo del proceso previo—, determiné como un experto que los hongos que había recogido eran unos manjares que ensalzarían tan improvisado almuerzo. En verdad solo sabía que no eran venenosos, no al menos mortales.

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Y así fue como, por aparentar ser lo que no era, dícese un micólogo confiable e infalible, acabé compartiendo una tarde de alucinaciones lumínicas repletas de colores que parecían cobrar vida, de las que brotaban nuevas dimensiones, y que me hacían sentir que traspasaba una puerta que siempre hubiera estado ahí, oculta para los ojos mundanos. Todo esto solo después de haber ahuyentado a todo transeúnte que hubiera tenido la mala suerte de cruzarse con nosotros, pobres esperpentos feéricos, cuyas risotadas debían de parecer graznidos y gorjeos. He de suponer que volvía a aparentar lo que no era. No me considero de natural indiscreto, veleidoso y bobalicón, aunque tampoco un fantoche desabrido de recto ídem con un palo inserto. Aquella tarde, en cambio, fui todo lo que no había sido jamás, hasta acercarme a un lugar resguardado de toda influencia del astro rey. Traspasando una entrada reservada a los espíritus del bosque, ahí entré yo, un impostor con un permiso usurpado a la Madre Tierra, en un desierto de estímulos. El entramado de árboles y arbustos mantenía el lugar fuera de toda influencia externa, privándome de luz y sonido alguno. Sentí una paz como nunca hubiera conocido, rodeado de silencio, oscuridad y la soledad más sobrenatural que pudiera conocerse tras el paso del hombre sobre la Tierra. Deseé que esa sensación no me abandonara jamás, cálida y fría a la vez. Traía redención y descanso, pero a cambio de abandonar el contacto con mis semejantes, de permanecer en aquella negrura en la que no sabía si mis párpados se hallaban levantados. No importaba en absoluto; aun así, seguía percibiendo los colores. Tal vez no como el ser que siempre fui, sino como uno que nunca había sido; también noté mi pulso acelerado, pues escuchaba por obra del mismo fenómeno unos pasos lejanos de otro ser humano, primero alejándose, luego acortando la distancia; sentí cómo una bocanada de aire espeso, vetusto, se adentraba en mi pecho, inundándolo con el peso de miles de años. La primera inhalación fue costosa, como si hubiera sido la primera vez que respiraba; la siguiente, como si lo hubiera hecho toda la vida pero nunca reparase en ello.

Salí con cierta congoja del pequeño rincón de otro mundo, aliviado al reconocer el bosquecillo de Warmond, con sus caminos y sus claros. No obstante, la creciente oscuridad de la tarde que agoniza debía de estar causando en mí una mayor inquietud de la acostumbrada. Quería volver a la seguridad del hogar y descansar antes de que llegara la noche. La experiencia que acababa de vivir, sumada al agotamiento que se apoderaba de mi cuerpo ahora que los efectos de los hongos se retiraban como la marea que baja, me habían conducido a un estado de completo atontamiento. Todo aquello había abotargado mis sentidos pero al mismo tiempo mis músculos poseían la rigidez habitual tras un día de intenso ejercicio. Caminé torpe como un cervatillo recién parido, tiritando y buscando a mis amigos, deseando alejarme de aquel bosque donde los colores y las risas se tornaban peligrosamente en sombras y ruidos de animales que proclamaban su territorio con salvaje intensidad.

Ni qué decir tiene que encontré a mis amigos, quienes se hallaban en una disposición similar aunque ni por asomo tan conturbada. Sus ánimos no habían sido enervados como los míos, si acaso parecían salir del aletargamiento con una sonrisa hierática, placentera, como coletazos exhaustos de la euforia de la mañana. Con algunos palmoteos espantamos las nubes de mosquitos que de la nada habían pasado a reemplazar las partículas que flotaran con la luz del día. Fuimos a casa, perezosos, a descansar.

Tampoco tiene sentido mencionar que aquella chica y yo vivimos juntos durante años, y que nunca más volvió a fiarse de mi criterio en cuanto a setas se refiere. A cambio la protegí de aquello que la amenazara, gruñendo, mostrando los dientes. Me tumbaba a su lado cuando se sentía triste y, cuando lo estaba yo, me dejaba acariciar. A veces le traía algo muerto a casa, ella hacía magia y lo convertía en algo delicioso. Jugamos, retozamos y gritamos a la luna llena. Imaginé que me domesticaba. Me hizo feliz, y creo que yo a ella también. Todo lo feliz que podía hacerla un animal, asustado y confuso, que dejó su alma humana una tarde, en algún lugar del bosque de Warmond.

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