Fragmento :: La Leyenda de los Espíritus Inmortales

En la próspera isla de Daojima se han aprendido desde tiempos inmemoriales algunas de las más importantes técnicas de las cinco fases, el onmyodo y el feng shui. No era extraño que los emperadores viajaran tradicionalmente a la fastuosa ciudad que daba nombre al lugar y profundizaran en el conocimiento de los espíritus inmortales, la energía de las cinco fases y los sesenta y cuatro sellos sagrados. Los sha-man, o chamanes tao, eran los encargados de enseñar los secretos mejor guardados al monarca. Como era lo acostumbrado, el emperador Izanobu permaneció un ciclo anual en Daojima, como lo hicieran antes que él su padre, el padre de su padre y, a su vez, los emperadores que lo precedieron. Izanobu fue conocido por su magnanimidad y su profundo amor por sus hijos, la princesa Nihime y el príncipe Tsukiro, a quienes llevó con él. Los pequeños aún no habían cumplido los ocho ciclos, eran gemelos y estaban unidos por unos lazos inquebrantables. La mujer del emperador había rogado a su marido que no los llevara consigo, pues las hojas de té habían presagiado una terrible desgracia. No eran muchas las personas dotadas con poder para interpretar los designios, e Izanobu nunca creyó que su mujer hubiera sido bendecida con semejante don.
Las advertencias no habían sido infundadas, pues un terrible monstruo vivía en la isla de Daojima. Era un oni descomunal, de rostro azul, con cabello y barbas de fuego. Dos hileras de cuernos adornaban su frente y crecían espolones en sus piernas, por debajo de la piel de tigre que lo abrigaba. Sus ojos eran de rubí, y su gargantuesca boca podía tragar un caballo de una vez. Grandes colmillos curvos sobresalían de ella, y tenía el poder de soplar vientos capaces de arrancar todas las hojas de los árboles. Cabalgaba nubes y creaba tormentas con su garrote, desafiando a los hombres, los tengu y los espíritus inmortales. Nadie podía hacer frente a su poder. Su hogar era la Montaña de las Peonías Inmarcesibles, por fortuna muy lejos de la ciudad y los poblados de la isla. Nadie podría imaginar que semejante monstruo tuviera interés en recorrer tanta distancia para alterar la paz de los hombres, pues se conformaba con reinar en su montaña y en los alrededores, devorando toda clase de criaturas. Pero el señor de la montaña estaba cansado de probar siempre los mismos platos, creía que ya había probado todos los sabores existentes. Con su portentosa nariz olfateó un olor desconocido y no pudo dormir pensando en el origen de aquella fragancia, deseando probar su sabor. No pensaba en otra cosa, de manera que, en mitad de la noche, cabalgó las nubes y recorrió los cielos hasta llegar al palacio del emperador. Allí encontró al pequeño príncipe, durmiendo en su alcoba, y se le hizo la boca agua. Soplando un potente viento abrió un agujero y cogió al príncipe con una mano garruda, mientras con la otra apartaba a manotazos a los impotentes guardias. Los dragones ya no reinaban en Torishima, por lo que nadie pudo hacer frente a la bestia, que se subió a una nube y huyó con su preciado botín al tiempo que reía y cantaba. En el palacio, todo fueron llantos y rechinar de dientes.

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De vuelta en su montaña, el oni se preguntaba cómo iba a comerse al príncipe. Su olor era exquisito pero prometía un sabor más allá de lo sagrado. No podía comerlo de cualquier forma, pues era su única oportunidad de probarlo. Crudo sería más natural, más auténtico. Pero cocinando con calor siempre se intensificaban los sabores. Con grasa de pato, además, estaría más jugoso. ¿Y qué decir de unos frutos asados para acompañar? Quizá unas ciruelas. Y una cuestión vital: el vino. No serviría cualquier caldo para acompañar un sabor tan delicado. De pensar en ello se deshacía de gusto, por lo que pasó los días recreándose en su receta perfecta.
Durante ese tiempo, en la ciudad de Daojima, el emperador Izanobu se había ido consumiendo por el dolor y la pena. Eran muchos los que habían llorado amargamente al conocer la noticia, que pronto fue conocida en todo el reino. El espíritu inmortal de la grulla había sobrevolado cada centímetro de la isla, llamando a todo aquel que fuera capaz de hacer frente al monstruo de la montaña y pudiera traer de vuelta al príncipe sin daño alguno. Izanobu había prometido el melocotón dorado, un fruto único, a quien llevara a cabo tal proeza. Se dice que solo madura uno cada cien años y que otorga numerosos dones a quien lo coma. Entre ellos se encuentran la visión del tercer ojo, el conocimiento del nombre de las bestias, la regeneración de la carne y subir un nivel. No fue extraño, pues, que acudiera al instante el espíritu inmortal del jabalí, que estaba muy interesado en comer el fruto exquisito. Por la mañana, en su audiencia con el emperador, se presentó diciendo:
—Yo soy el espíritu inmortal del jabalí, rey de todos los jabalíes de Torishima desde Shu Pang hasta Norobu. Todos conocen mi fuerza y no pocos saben que el elemento fuego obedece mis órdenes. Dejad en mis pezuñas la honorable misión de rescatar al príncipe Tsukiro y guardad el melocotón de oro hasta mi regreso.
Acto seguido, el espíritu jabalí se convirtió en una gran bola de fuego y salió disparado hasta el confín de la isla.

[…]


¿Logrará el espíritu inmortal del jabalí derrotar al malvado monstruo de la Montaña de las Peonías Inmarcesibles? ¿O encontrará antes el oni la manera perfecta de comerse al príncipe? Esto es un fragmento de la Leyenda de los espíritus inmortales, un cuento que aparece en un relato donde la protagonista es Odriel, la médica semielfa. Como es de suponer, se desarrolla en una región de estilo oriental llamada Torishima. Los dragones de Torishima se extinguieron tiempo atrás, pero las tierras están plagadas de todo tipo de criaturas con reminiscencias de las mitologías china y japonesa. Esta leyenda, sin ir más lejos, es un pequeño homenaje a los cuentos tradicionales orientales, como los monogatari japoneses o los que se recogen en la obra china del siglo XVI, Viaje al Oeste. Por si no os suena, se trata de las aventuras y desventuras de Sun Wu-Kong, el rey mono, y que inspiró numerosos personajes e historias como en el caso de Son Goku en Dragon Ball. Y como este era el año del mono, decidí terminar de leerlo por fin 🙂

No escribí una leyenda original, ni era mi intención, pero ha sido muy divertido recrear ese tipo de narración clásica. Además, a pesar del comienzo más típico, me gusta cómo se fue desarrollando.

Recuerda que tienes muchas más criaturas y leyendas en mi novela Kelvalad, la espada oscura, y que tengo una página en Facebook y una cuenta en Twitter donde publico cosas interesantes de literatura y fantasía, y chorradas aleatorias que molan. También hay formularios donde dejar comentarios más abajo ^_^

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