GELB :: Sofía

En Denia vivimos una temporada mi madre y yo, con Susa, Sofía y su padre Gus. Tenía tres o cuatro años. Era una zona de ciudad, un apartamento con un aire antiguo. Bien pensado, la mayoría de casas en las que viví con mis padres ya eran antiguas cuando las hicieron. Una de esas cocinas de azulejo y aluminio por un lado, una bañera oxidada por otro. En esa zona causamos sensación mi prima Sofía y yo. Éramos dos niños con apenas seis meses de diferencia y nos llevábamos tan bien que la gente pensaba que éramos hermanos. Y, a decir verdad, nosotros también. A nuestras madres les costó lo suyo convencernos de la verdad. Iba en contra de nuestra lógica ya que, si mi madre y la suya eran hermanas, a la fuerza nosotros teníamos que ser hermanos. Debimos de pensar que aquello era algo que se heredaba. Pues bien, éramos como hermanos, como una masa con identidad propia cuando estábamos juntos. Pero luego cada uno, por separado, era muy distinto. Yo era especialmente activo, «como una moto», me decían. Sofía era más tranquilita y no daba mucha guerra. Pero a la hora de llevarnos de un lado a otro, la gente prefería cargar conmigo. Y no era porque yo siempre haya sido un chico delgado y ligero, sino porque redistribuía mi peso para adaptarme mejor a quien me cogiera. Tal vez buscaba mi punto de equilibrio y me coordinaba muy bien con mi porteador. Mi prima, cuando la cogían en brazos, decían que era un «saco de patatas», un peso muerto. Es posible que tuviera que ver con el grado de actividad, porque todo niño dormido en brazos obtiene el superpoder de pesarle hasta las pestañas. Luego el tiempo se descojona de nosotros, transformándolo todo con ironía. Cuando crecimos, mi prima fue la activa, siempre moviéndose, siempre haciendo cosas. Yo fui perdiendo mi energía sin límites. Me pregunto si seré un peso muerto en caso de que me vuelvan a coger en brazos, con mis setenta kilos.
Sofía siempre ha sido muy bonita, con una sonrisa preciosa y de carácter agradable y tierno. Incluso en una época en la que nuestras madres debieron de cortarnos el pelo borrachas. Yo tenía trasquilones por todas partes y ella… bueno. Cuando fuimos a la playa, al sol y medio en pelotas, parecía una pequeña troglodita. Más adelante tuvo que ponerse gafas para corregir su hipermetropía. A ella no le gustaban, pero a mí me parecía que le quedaban muy bien y que hiciera lo que hiciese, siempre sería guapa. Al final se le corrigió y, en cuanto a mí, me tocó el resto: miopía y astigmatismo. Al contrario que Sofía, yo soy incorregible.

"Los veranos mudos", de Pilar López Báez

“Los veranos mudos”, de Pilar López Báez

Una tarde, Sofía y yo esperábamos a nuestros padres, allí en la casa de Denia. Escuchamos algún ruido, voces, y pensamos que podían ser ellos. Pero ser pequeño es engorroso para todo lo que mola. Te ves limitado en cualquier situación y acabas buscándote las mañas para superar todos los obstáculos. En este caso, tuve la genial idea de coger una de las sillas de la cocina para asomarme a la mirilla. Está bien, es un clásico, pero no fue genial por evidenciar hasta qué punto había desarrollado la inteligencia. Y no fue genial para mí, sino para mi prima. Nuestros padres volvieron, por supuesto. Aquel fue un día ordinario en nuestras vidas, no hubo ningún hecho destacable. Lo destacable llegó a la mañana siguiente, cuando fuimos a desayunar. Se ve que me había hecho a la casa porque, con los ojos todavía cerrados a causa del sueño, me dejé llevar por la mecánica de mis movimientos. Concretamente al suelo. Fui arrastrado por la fuerza de la gravedad sin encontrar el apoyo de mi silla, que había pasado la noche entera ante la puerta de casa. Al aterrizar con el culo me desperté al instante, pero tardé un rato en darme cuenta de lo que había sucedido. Sofía aún se descojona recordándolo. No fue la única vez que mi culo golpeando el suelo hacía reír a mi prima y, a pesar del dolor, lo que recuerdo con cariño es su risa.

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