Soga de Seda y Magia. Capítulo 2: El Tecnomago Criminalista

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Una mano pequeña y arrugada se abrió paso a través de la bruma. En su búsqueda errática encontró la superficie empañada de un espejo y lo bruñó con un par de movimientos en zigzag. Al otro lado apareció una cara desencajada; un rictus sobrenatural, escalofriante; una expresión de puro horror esculpida en el rostro húmedo de un joven mediano. Era la prototípica escenificación de una vida que se extingue, la esencia misma de la muerte concentrada en una agonía lenta hasta el absurdo, detenida en el tiempo. Así permaneció durante varios segundos más hasta que el pequeño investigador, Aeric Lockbed, ensayó entonces otra de sus histriónicas muecas. Ahora era una máscara de estupor delirante, mostraba los dientes y abría hasta lo imposible sus ojos joviales y llenos de vida. Con sus manitas se deformaba los rasgos a voluntad, levantando sus cejas como espigas o abriéndose las aletas de la nariz. El efecto mejoraba a medida que su cabello castaño y crespo se iba secando por la manipulación, pues de esta manera destacaban aún más unos mechones rebeldes de distinto color. Un estudio minucioso revelaría que, en realidad, cada uno de esos cabellos poseía un degradado con variaciones más claras de su tono natural. Era de lo más frecuente entre los de su especie (los miongháire daoine), aunque en Aeric parecían más bien unos graciosos cuernecillos. Por eso, cuando puso cara de travieso no pudo evitar soltar una carcajada de satisfacción, pues reconoció en el reflejo a un diablillo de lo más convincente que aparecía entre la niebla como si fuera humo del Plano Infernal.

Despejó un poco más el vaho del espejo del baño y se creció, acompañando sus gestos con una serie de posturitas. Hizo la representación completa: el fuerte, el viejo, el gorderas, la damisela agradecida y, cómo no, su preferida: estoy muy bueno y lo sabes.

—¡Gracias, muchas gracias! Sois un público maravilloso —le dijo a su reflejo y prosiguió, guiñando un ojo—: Os espero en la función de mañana.

Con su escaso metro veinte de estatura, Aeric tuvo que subirse a un pequeño escabel junto a la bañera para alcanzar el ventanuco y abrirlo. Le gustaba ver cómo el aire empujaba el vapor en lentos remolinos. Cuando el baño se ventiló un poco, se enganchó una pulsera con su sello oficial de tecnomago criminalista en la muñeca con la solemnidad y la delicadeza de un ritual sagrado. Era una pieza cilíndrica de metal con un diámetro menor que el de una moneda de bronce y poco más ancha que el canto de una de cuarzo. Para Aeric, no obstante, su sello de criminalista resultaba más valioso que un cofre lleno de monedas de obsidiana.

Apagó las lámparas de hainu y entró en el salón al tiempo que dejaba su toalla sobre una silla. El primero de los dos soles de Enor iluminaba aquella estancia amplia y desordenada con su característica luz cálida. Aún no había terminado el crepúsculo enori, si bien el segundo sol ya no tardaría mucho en aparecer. Aeric pudo deducirlo debido al halo fantasmagórico de tono violáceo que se vislumbraba en el horizonte.
Siguió caminando con intención de desayunar en la cocina. Al tiempo que se daba una palmada en la barriga (más abultada por la pelusilla que por la carne), clavó la mirada en su libro de mago investigador, que estaba abierto sobre la mesa del comedor. No era un libro corriente, eso saltaba a la vista. En primer lugar porque, a pesar de su cubierta coriácea y sus protectores de metal, ni siquiera era un libro. Y, en segundo lugar, porque en vez de páginas tenía dos placas de twarzero, un material alquímico transparente de una afinidad especial con la magia, como atestiguaba el intenso fulgor que emitía en aquel instante.

La expresión de horror de Aeric fue auténtica esta vez. Paralizado, calculó el tiempo que habría perdido poniendo caras y posturas delante del espejo y rogó en silencio que el libro no llevase mucho tiempo brillando de aquella manera. El resplandor era una señal de los Clarividentes de Lorian y significaba que requerían sus servicios como tecnomago criminalista en un nuevo caso. Como de costumbre, un código de teletransporte (conocido como aqran) aparecía dibujado en una de sus láminas. El mediano maldijo en voz alta y acto seguido corrió por toda su casa desnudo, organizando mentalmente la cadena de tareas que debía realizar antes de teleportarse a la escena del crimen. Sabía por experiencia que la primera era vestirse. Por desgracia para él, desayunar no iba a ser una de ellas.

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