Daojima – primer capítulo

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Capítulo 1 | Miel de castaño

Se sentía como si acabara de salir de un sueño pesado e innatural. Sin embargo, unos segundos antes rebosaba de emoción por la perspectiva del viaje hacia lo desconocido. A pesar del frío que la envolvía, su cabeza aún estaba aletargada y le ardía. Abrió los ojos y no logró ver más que un torbellino de burbujas entre aguas verdes, escamas blancas y sangre roja. Sangre que se desvanecía tras la violenta sacudida que la liberó un poco más de su aturdimiento. Una cuaderna de madera la golpeó y, esta vez, en lugar de arrebatarle la consciencia por unos instantes, despejó su mente por completo.

Odriel se hizo plenamente consciente de que iba a morir.

Para su sorpresa, en esos últimos momentos su memoria no vagó por sus treinta años de recuerdos, sino que retrocedió, de forma muy concreta, al momento en el que aquel viaje con su padre le pareció una buena idea.

***

Arnam Tasén, ciudad del país de Hyariban. Eylíndenor del sur.
Año 153 de la era de la tecnomagia (diez años antes de los sucesos acaecidos en el caso de la soga de seda y magia).

Se aproximaban unos años de temperaturas más bajas de lo habitual y docenas de ballenas etéreas comenzaban a surcar el cielo en su acostumbrado viaje hacia el norte. La joven semielfa no se cansaría nunca de presenciar aquel espectáculo sobrecogedor. Cada uno de los dos soles bañaba sendos costados de los colosos, arrojando destellos sobre su superficie siempre húmeda. A medida que ascendieran, los reflejos azules del cielo las harían pasar inadvertidas mientras buceaban por el aire. Una medida tan prudente como innecesaria, teniendo en cuenta que los dragones (sus únicos depredadores) habían dejado de compartir sus cielos varios siglos atrás. Odriel las observaba maravillada, pues estaban tan cerca que el agua caía sobre ella en una fina lluvia. El aire se inundó de olor a mar y petricor.

—Echaba de menos el licor de guinda de tu madre —le dijo Fildoren, su padre elfo, mientras posaba la botella en la mesa del jardín—. Aunque no tanto como tu sonrisa, Ilíoban. Es una lástima que algo tan maravilloso no pueda destilarse.

Su padre solía llegar en esos momentos especiales. A veces era la época de floración de las campanillas de Rendel; en otra ocasión apareció al mismo tiempo que una plaga de monos sarunwus que mermó las provisiones de la modesta ciudad, casi una villa. Hoy era uno de esos días destacables, pues aparte de la migración de los cetáceos, era el cumpleaños de Odriel.

—¡Vaya! Había olvidado la sensación de estar de acuerdo en algo contigo —dijo Nyah.

La madre de Odriel, una humana de tez oscura de la raza nbolo, volvió a reunirse con ellos al tiempo que perseguía a una de las gallinas.

—En cambio, fermentando tu mal humor tendría existencias inagotables de vinagre para mis ensaladas —rio Fildoren.

—¡Vale ya, papá! Lleváis un montón de años separados y sigues con lo mismo —lo reprendió Odriel.

—Bueno, un montón… —Fildoren se rascó la barbilla mientras hacía memoria—. ¡No hace ni veinte! ¿Y tú? Por los colmillos de la diosa Shumna, no puedo creer que cumplas treinta ciclos y estés tan crecida.

Treinta años no eran muchos para una semielfa como Odriel. El mundo se movía a una velocidad siempre diferente a la suya. Los humanos que conoció de pequeña creaban ahora nuevas familias y los hijos de estos no se diferenciaban demasiado de los elfos que conoció en aquella misma época. Al menos mientras no hablaran. Al contrario que los humanos, los niños elfos viven infancias muy largas y, aunque su visión del mundo es en cierto modo pueril y limitada, las experiencias que han vivido durante tantos años, sumado a lo que han aprendido de sus mayores y lo que han absorbido a través de la esponja de su curiosidad sin fin, hacen de esos pequeños unas personas muy especiales. Como niños muy altos y espigados hablando con una sensatez desconcertante. Son muchos los que admiran la sabiduría que emana de los niños elfos, en ocasiones más elevada que la de los más insignes filósofos humanos. Es en parte debido a la pureza de su lógica, aún sin corromper por la mácula de los prejuicios; también por la capacidad de fijarse en lo importante, sin el ruido de las múltiples preocupaciones que trae consigo la madurez y, a fin de cuentas, por sus experiencias equivalentes a las de un humano adulto.

Para Odriel, tanto el frenético mundo de los adultos como el aparentemente inmutable de los elfos se hallaban en un extraño baile que tenía lugar mientras ella crecía. Algunos de sus amigos de la infancia parecían congelados en el tiempo; otros envejecían, se casaban y tenían hijos; y luego estaba Odriel, que experimentaba el despertar de muchas sensaciones hasta entonces desconocidas pero extrañamente familiares. Su padre elfo la veía como una niña elfa y su madre humana como una mujer humana. Odriel, en cambio, aún no sabía lo que era. El tiempo parecía tener reglas definidas para todos excepto para ella. El único punto que tenía en común con el resto era que la adolescencia resulta una etapa difícil para todo el mundo.

En el caso de los elfos, según proclaman otras especies, su cacareada sabiduría infantil se diluye al atravesar esta etapa. De ahí que todavía perdurasen las habladurías sobre si los elfos eran capaces de intercambiar sus mentes, pues se decía que cuanto más pequeños son, más adultos parecen; y que, cuanto más viejos, más infantiles resultan. Odriel miraba a su padre y creía en esas palabras. Sí, se comportaba como un crío, ahora lo veía más claro que nunca. No es que él hubiera cambiado un ápice, en realidad solo habían cambiado sus circunstancias, aunque seguía siendo el mismo aventurero loco de orejas puntiagudas. Quien más había cambiado en verdad era Odriel y su forma de percibirlo. Pero ella era su propio punto de referencia, por lo que su padre también había cambiado a sus ojos, de un modo u otro. La semielfa se veía a sí misma como los dos soles, el centro de un universo en el que cada astro giraba a su alrededor a velocidades completamente distintas. Algunos poseían satélites que giraban como locos, de forma vertiginosa, mientras más allá se extendía el infinito que permanecía en apariencia inmóvil. En cualquiera de los casos, sentía que nada fluía al mismo tiempo que ella.

Con un pequeño suspiro, Odriel se volvió a mirar a su madre de cincuenta años, que había alcanzado por fin a la gallina tras un alboroto de plumas, cacareos y polvo.

—Mamá, ¿por qué coges a Gurgita? —preguntó con preocupación.

Gurgita era el nombre que le había puesto Odriel cuando solo era un polluelo y se dedicaba a regurgitar todo el alimento que tomaba. No quería encariñarse mucho con ella, pues no tenía un futuro muy prometedor. Al final demostró ser una superviviente y había tenido una larga vida.

—Si os vais a ir de viaje mañana, al menos te llevarás algo de comer —contestó Nyah.

Odriel se incorporó con espanto, tapándose la boca con las manos.

—¡Nooo! ¡Gurgita no!

Sí. Había terminado encariñándose de ella.

Como si aquella manifestación de desacuerdo le hubiera aportado una oleada de valor, Gurgita picó la mano de la mujer, que tuvo que soltarla para volver a cogerla con más cuidado.

Sin duda era una superviviente.

—Sabes muy bien que acabaría así, Odri. —Nyah se encogió de hombros mientras llevaba a Gurgita hacia la mesa.

—¿Es que has olvidado que yo no como carne? —preguntó Fildoren, enarcando una ceja.

—Lo recuerdo perfectamente —contestó Nyah mientras partía el cuello del animal con sus manos.

Como la mayoría de los de su especie, el elfo apreciaba el don de la vida. No obstante, presenció el acto de la misma manera que hubiera contemplado a un lobo abalanzándose contra el cuello de una presa. Bajó la cabeza y levantó las manos formando un círculo hacia el cielo.

—Sangre y huesos, retornad a Iledarian —recitó.

—Y que Shumna os guíe —terminó Odriel, que se unió en su plegaria.

Odriel lloró por Gurgita, pero aceptó su carne aquella noche y festejó que sus padres, tan distintos y tan lejanos entre sí, estaban por una vez juntos a su lado.

A la mañana siguiente, Nyah era incapaz de destrenzar los brazos con los que se aferraba a su hija.

—No quiero que te vayas. ¿Quién sabe…?

Nyah contuvo la lengua. No quería impedir que su hija fuera feliz, aun a costa de su soledad. «Malditos elfos», se dijo.

Tal vez no entendiera lo que le pasaba a su madre por la cabeza, pero Odriel sabía leer en ella sin necesidad de ver su aura. La contempló con detenimiento y se sorprendió al percibir los vestigios que había impreso en ella el paso del tiempo. Su piel seguía firme pues, a pesar del tono oscuro, tanto en su frente como en sus pómulos se reflejaba el tono violáceo del cielo crepuscular. Y, sin embargo, ¿desde cuando tenía tantas arrugas? Las que enmarcaban su boca eran un testimonio de las alegrías de muchos años junto a su hija. Por otro lado, las que se escalonaban bajo sus ojos evidenciaban las preocupaciones de haber criado una mestiza en un mundo en el que se aceptaban el blanco y el negro, pero no los grises. También gris era el cabello crespo de Nyah Lumumba y, aunque Odriel no era consciente de que la próxima vez que viera a su madre el blanco habría ganado la batalla, había aprendido que el tiempo tiene contratos distintos para distintas personas y que era más cruel con la raza humana. Así se lo había mostrado a su regreso del anterior viaje con su padre.

Odriel había ido a conocer a sus ancestros elfos de la fastuosa ciudad de Lamendhülein (vulgarmente conocida como Elfolandia por los humanos que no gustaban de enredarse la lengua) y había pasado allí casi una década. Por supuesto que había echado de menos a su madre en todo ese tiempo, pero mientras ella apenas había crecido unos palmos, su madre había dejado atrás su juventud. Odriel sabía que los humanos cambiaban, aunque aún no terminaba de asociar de forma consciente que, tras muchos años de cambios, también morían.

—No te preocupes, mamá, estaré de vuelta antes de que puedas echarme de menos —dijo Odriel con su optimismo acostumbrado cuando al fin fue liberada del abrazo.

—Eso dijiste la última vez y te eché de menos desde el primer día —respondió su madre—. Es al idiota de tu padre al que deberías decir eso y quedarte conmigo. No tiene prisa para nada excepto para lo que le conviene.

Nyah había pasado la mitad de su vida arrepintiéndose de haberse enamorado de un elfo, pero no había día que no se sintiera agradecida por la hija que tuvieron juntos. Y ahora, de nuevo, la perdía por quién sabía cuántos años. Deseaba con todas sus fuerzas que su salud le permitiese vivir hasta el reencuentro. Corrió a abrazarla de nuevo por si la veía por última vez y lloró.

—Vamos, Iliomiva, no seas así —respondió el aludido, llamándola por el nombre cariñoso que le puso cuando se enamoraron: miel de brezo—. No lo hago por mí, sino por ella. Acaba de terminar sus estudios y necesita ver mundo, conocer otras disciplinas, desaprender lo aprendido…

—Déjate de Iliomiva y mierdas élficas, Fildoren. Hace veinte años que te fuiste y encima te llevaste a mi hija. Me quedé sola por tu culpa.

—Es nuestra hija; y mis sentimientos no han cambiado hacia ti en estos veinte años: para mí es como si fuera ayer.

—Ya sé que no han cambiado. La indiferencia es un sentimiento muy persistente en los elfos. Solo digo que podría quedarse en la capital y seguir trabajando de ayudante en la Universidad de Alquimia. Siempre hay algún puesto. Incluso podría trabajar aquí, conmigo.

—Gracias, mamá, pero ya te he dicho que no me gusta trabajar con muertos. Lo que quiero es ayudar a los vivos y en la Universidad apenas tenían nada que enseñarme sobre las técnicas kamido. Papá me va a llevar a conocer sus orígenes a la isla de Daojima.

Nyah miró al elfo con suspicacia.

—¿Y a ti qué se te ha perdido en esa isla? Tú al único vivo que quieres ayudar es a ti mismo. ¿Desde cuándo te interesa el kamido?

—Soy un chamán viajero —respondió encogiéndose de hombros—, es normal que me interese conocer otras disciplinas, otras culturas y ver mundo.

—Aún me cuesta entender cómo pude dejarme engañar por ese cuento hace treinta años, cuando me dijiste las mismas palabras para meterte entre mis piernas.

—Eras más abierta hace treinta años. —Fildoren sonrió.

—Era muy joven. Nadie me había dado motivos para no serlo.

El elfo no sostuvo su mirada.

—Se está haciendo tarde. Cuídate, Iliomiva.

Nyah se quedó un buen rato contemplando su marcha hasta que se perdieron de vista como aquellas ballenas etéreas que terminaban siendo engullidas por la lejanía.

***

Padre e hija recorrieron durante una jornada completa el trayecto que les llevaría desde Arnam Tasén hasta Slyndbar, su primera parada. A pesar de que Nyah había dado a Odriel suficiente dinero como para resolver el viaje en apenas tres horas de tren, Fildoren no podía permitirse pagar su billete con su modesto oficio de chamán. A Odriel no le importó caminar, pero decidió gastar el dinero al menos en un buen descanso en una posada del barrio Centro. Si conocía lo suficientemente bien a su padre, en cuando zarpasen de Eylíndenor no volvería a preocuparse por el dinero ni saber lo que era una buena cama.

Hacía muchos años que Odriel no recorría Boca de Dragón, el puerto de la capital. Aquella mañana parecía un hormiguero a los ojos de los dioses. Uno rodeado de agua, con las hormigas yendo de un lado a otro, frenéticas, como si no tuvieran una idea clara de hacia dónde se dirigían. En muchos casos era así. Por fortuna, cualquiera que ya hubiera ofrendado buena parte de sus suelas en aquel laberinto maloliente sabía a quién preguntar.

—¡Eh, Charrán, viejo amigo! —le dijo Fildoren a un humano—, ¿dónde está el barco que zarpa a Torishima?

—¡Vaya vaya, si es la nutria imberbe! El Pondúneos, un vapor hainu; quinto embarcadero de pasajeros del muelle secundario —le contestó el otro al instante, apuntando con un cuchillo mientras con la otra mano les ofrecía unos mejillones.

Charrán era un viejo marinero que siempre tenía una palabra agradable para la gente con la que se cruzaba. Y mejillones. Nadie sabía cómo lo hacía, pero siempre llevaba una malla con mejillones que iba limpiando y otra con los que ya había cocido. Fildoren aceptó un par y le pagó con unos cobres mientras le daba las gracias con un gesto. El elfo pagaba por la información y se mostraba agradecido por el regalo. Charrán le devolvió el gesto; solo respetaba a quien tuviera claro que no era al revés.

—No cambies nunca, viejo —se despidió Fildoren—. Y que tu hígado sobreviva a los enanos.

Odriel le dedicó una de sus encantadoras sonrisas. Daba saltitos por las pasarelas de madera, ilusionada por volver a viajar. Había pasado los últimos seis años estudiando Medicina en la Universidad de Alquimia de Slyndbar y apenas había visto a su padre en esos años.

Al llegar al barco saludó a toda la tripulación (lo que los dejó entre atónitos y divertidos), dejó su equipaje en la sala de viajeros y se fue a toda prisa a asomarse a la proa. En el momento de zarpar estaba tan entusiasmada que el capitán se preguntó si no estaría afectada por alguna enfermedad, nervioso por la posibilidad de tener que volver al puerto y llevarla al hospital. Cuando estaba contenta, a Odriel le gustaba bailar. Que la superficie se moviera a casi veinte nudos sobre el mar le daba igual. El problema era que también disfrutaba cantando, algo para lo que no estaba tan bien dotada. Cuando era niña y la gente la escuchaba cantar cerca de sus padres, todas las miradas se dirigían hacia la madre, pues lo primero que pensaban era que tal prodigio de lo execrable en materia de canto no podía haber sido heredado de un elfo. La madre, harta de lidiar con el tópico, señalaba a su vez al padre. Era un elfo, sí, pero cantaba como si un ogro caminara por encima de una pasarela de gatos. Y su hija no le iba a la zaga, pues aullaba como un perro apaleado haciendo gárgaras. Una vez más, el capitán estuvo a punto de volver al puerto. Ajena a su talento para hacer llorar a cualquier persona que tuviera oídos sin necesidad de técnicas kamido, Odriel estaba acostumbrada, no obstante, a las miradas de reprobación o condescendencia ante sus muestras de alegría. Tal vez llegara a vivir el doble que un humano, pero sentía cada momento con el doble de intensidad.

—Dime, papá…, ¿por qué os tuvisteis que separar mamá y tú? —preguntó la semielfa, que cogió del brazo a su padre y descansó la cabeza sobre su hombro mientras miraban el horizonte.

—Los humanos viven poco más que un parpadeo; por eso creen que el amor durará toda la vida. Sin embargo, los elfos somos muy longevos —empezó a recitar una cantinela que Odriel conocía bastante bien—. A lo largo de nuestra vida es normal que tengamos varios compañeros.

—Siempre repites la excusa de lo mucho que viven los elfos, pero con más razón me pregunto qué te habría costado permanecer a nuestro lado algo más de esos doce años. Para ti fue un suspiro.

Fildoren se revolvió, incómodo. Miró a su hija como si se la hubieran cambiado al subir al barco. Le habían hablado en numerosas ocasiones de esa etapa en la que los hijos empiezan a contestar con criterio y lógica. Se resignó a empezar a pensar lo que decía.

—¿Recuerdas lo que te dije? Un compañero ha de ser distinto a ti en lo superficial para enriqueceros con distintos puntos de vista; a cambio, busca a alguien similar en lo que de verdad es importante o las diferencias serán inconciliables. —Esperó a que su hija asintiera.

—Recuerdo que un día llegaste borracho y me dijiste que lo importante de una pareja era que estuviese buena. Pero sí, eso también me suena.

—Todas mis enseñanzas rebosan sabiduría, hija. —Se encogió de hombros—. Bien, pues con tu madre pasó justo lo contrario: siempre encontrábamos puntos en común, pero solo para discutir. Si hubiera sido más comprensiva con mis sueños…

—Mamá dice que tus sueños siempre acaban con gente desnuda, a ser posible de distintas especies.

—Ya veo —contestó Fildoren con desdén—; y los suyos siempre comienzan con ella haciéndome la autopsia. Los míos son todos aquellos envueltos por la aventura y me alegra poder compartir algunos de ellos contigo, Ilíoban. —Alborotó con la mano la media melena rizada de su hija, refiriéndose a ella con el apelativo cariñoso que significaba miel de castaño—. Por fortuna no solo has heredado de mí las dotes para el canto.

Odriel miró el aura de su padre y se apretujó contra él, sonriente. Echaba de menos aquellos lejanos años en los que sus padres se miraban a los ojos a través de ella. Padecía por pasar tanto tiempo al lado de uno sin posibilidad de ver al otro. Luego volvía al presente y lo saboreaba, como quien hunde la boca en una fruta madura y dulce.

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