Valoración :: El dios asesinado en… Parabellum

“Tienes el cadáver de un dios en el maletero”.
Leí por tercera vez el mensaje. Era un mensaje claro y directo, escrito a bolígrafo en mi brazo izquierdo. Era mi letra, apresurada y temblorosa, pero a fin de cuentas mi letra, no había duda. También era mi brazo, de eso había todavía menos duda. Pero, a pesar de todo, no me resultaba en absoluto familiar.

 

El dios asesinado en el servicio de caballeros, de Sergio S. Morán

dios asesinado servicio caballeros - sergio moran

 

Creo que podría ahorrarme la valoración y limitarme a compartir estas primeras palabras de la novela. Yo con eso ya. Con eso, YO YA.

 

Mi opinión sobre esta novela es sencilla y clara: mola. Buscando “molar” en la wikipedia debería venir una entrada de desambiguación con un enlace directo al libro. ¡Qué coño! Y en “premolar” también, porque yo ya venía molado de casa. Y es que si ya conoces a Sergio Morán por alguna de sus fechorías, este libro te va a gustar y lo sabes.

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Final de Aevirae

Tras terminar de dibujar la última viñeta del cómic de Aevirae, sentí euforia. Pero tras terminar de colorear la penúltima página, ha sido todo lo contrario. Me he quedado chafado, sin ganas de terminar esa última página y despedirme. Aevirae se ha convertido no solo en mi mayor personaje, sino en un icono, un símbolo, mi Totoro.

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Aevirae nació hace muchos años en las páginas del libro que sigue a Kelvalad. En dicha historia encontrábamos a una joven ladrona/asesina que huía de una ciudad y se topaba con los héroes del Kelvalad. Apenas una chiquilla, su personalidad era algo caprichosa, inmadura, orgullosa y muy suspicaz. Tras una década más o menos desde el momento en que decidí crearla en las historias de Enor, congelada en las páginas de una novela que no pensé que pudiera terminar, la rescaté para un nuevo proyecto.

diseño aevirae

En verano de 2009 quería volver al cómic como un medio de aprendizaje, ya que quería obligarme a mí mismo a dibujar un poco de todo, sobre todo fondos, y dibujando cómics acabas hartándote a dibujarlos. También para mejorar mi técnica de coloreado y no dejar de dibujar. La idea era crear una novela gráfica de género detectivesco donde se sucediesen extraordinarios casos de desaparición y asesinato en un ambiente donde hubiese magia, dándole un toque de originalidad a las obras de detectives a las que estamos acostumbrados donde todo obedece a la razón y la lógica modernas. Quise hacer todo esto por mi admiración y mi gusto por este género y mi mayor inspiración por el personaje de Maurice LeBlanc, Arsene Lupin, desembocó en la figura de una ladrona como protagonista. Que fuera Aevirae se trataba de una inevitable cuestión de permanencia retiniana, que de tanto imaginármela no podía darle el papel a otro. La idea original de narrar historias largas en novela gráfica, presentando un caso de Aevirae robando o asesinando de forma casi milagrosa y dejar que el lector vaya arguyendo al tiempo que la historia recoge la madeja a través del hilo de pistas y recuerdos, se fue perdiendo debido a lo ambicioso que resultaba para mí. Se me quedaba grande.

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Así que dibujé muchísimos concepts de la nueva protagonista, los inventos, artilugios y personajes que poblarían el entorno de Aevirae. En enero de 2010, aún sin tener claros todos los aspectos, me decidí a dibujar tiras (al principio diariamente) para ir preparándome y preparando el terreno a lo gordo. Así creé el blog “Aevirae, mi camino del ninja”.

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En agosto de 2010 empecé con el capítulo introductorio de lo que iba a ser la novela gráfica. A pesar de que en todo momento ha sido un cómic experimental en el que lo importante para mí era explorar las capacidades del arte secuencial, esta primera parte fue mucho más homogénea de lo que sería la siguiente.

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En febrero del año siguiente se iniciaba el 2º capítulo que, al llegar a la página 5, se atascó y tardó 4 años en ir desarrollándose. Hasta entonces, Aevirae había logrado ir haciéndose conocida y era parte del mundo del webcomic gracias a la comunidad de Subcultura… Hasta que llegó mi largo hiatus y mis actualizaciones anuales. En este capítulo ya probé de todo. Quería usar más color que antes, y acabé hartándome de ciertas fórmulas. Al final he hecho lo que me ha dado la gana en todo momento, la verdad.

valthieca mansion colorQuiero pensar que la vida que le tenía deparada no se perderá. Al fin y al cabo, Aevirae es una superviviente nata. Sobrevivió a la novela que parecía que nunca iba a ver la luz y saltó de plataforma. De tira cómica en formato webcomic se puso seria con la novela gráfica. Ahora, tengo para escribir no sólo su origen, sino alguna historia que parecía destinada a continuar en viñetas. No sé si algún día volveremos a verla con su tono gamberro apoderándose de objetos mágicos y burlando a la guardia en alguna tira suelta, o si protagonizará algún capítulo de cómic otra vez. Tal vez en un futuro lejano. En cualquier caso, no puedo decir adiós a dibujar. Mis ojos están puestos en el proyecto de “Gusanos en la basura”, aunque no tenga claro aún qué voy a hacer. De momento, lo que sé es que le digo adiós a la Aevirae que durante estos últimos 5 años ha sido mi musa, y que aún sin llegar a convertirme en Pigmalión, reconozco que la quiero por todo lo que he puesto de mí en ella como todo lo que ella me ha dado a mí.

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El proyecto surgió en una época difícil, en la que comenzaba a afrontar lo duro que podía llegar a ser conseguir un trabajo decente. Había quebrado la última empresa donde había sido feliz y todo lo que le siguió fue de mal en peor, hasta derivar en un terror visceral a trabajar en el que siempre había sido mi campo. Dedicarle tiempo al proyecto me ayudaba a sobrellevar gran parte de mis dificultades, Aevirae ha sido un bálsamo para mí. Ahora que tengo que despedirme no ya de ella como personaje (ya que de hecho estoy escribiendo sus orígenes), sino como una actividad, me siento como un enfermo que va a cambiar de terapia. Espero volver pronto con ella, con mi nueva terapia de escritura y todo lo que ello conlleva. Muchos conocisteis a esta ladrona gracias al webcomic, y tal vez no lleguéis a leer ninguna de sus aventuras futuras. Otros, desconocerán el currículo que arrastra más allá de las páginas de un libro. Yo solo espero que siga generando las simpatías que despertaba en su día, y que siga haciéndome feliz.

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La cápsula del tiempo

Una comparación muy recurrente cuando hablo de la experiencia de haber parido una novela a lo largo de casi 20 años, es que ha sido para mí como una cápsula del tiempo en la que hemos participado 3 autores muy parecidos, pero aportando lo mejor de cada uno. Esta tira es lo que mejor definiría esa sensación:

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Con 16 años es realmente difícil tener las herramientas necesarias para crear una buena novela, empezando por la experiencia para estructurar y expresar de forma escrita el maremágnum de ideas, hasta llegar al sentido crítico y la experiencia como lector que escribe. Mis ojos se fueron abriendo con los años, a medida que seguía escribiendo y leía con un ojo que iba educándose, fijándome en todos los elementos que componían magistralmente libros como “El Señor de los Anillos”, “Un Mago de Terramar”, “Elric de Melniboné”… Y por supuesto de otros géneros alejados de la fantasía. En casa lo llamamos “hacer sharingan”.

Sin embargo, la vida a esa edad y hasta más adelante, es efervescente, apasionada, y existe una energía infinita con la que somos capaces de hacer cualquier cosa. Yo quería escribir, simplemente por el placer de canalizar de algún modo todo el universo que bullía en mi cabeza, y creo que hay pocas actividades que me hallan llenado tanto como escribir. Pero como rezaba el anuncio, “la potencia sin control no sirve de nada”, y necesitaba enfocar. Había generado un entorno, unos personajes, un principio traumático, incluso expresiones de un lenguaje propio. Ahora necesitaba saber qué iba a suceder con todo aquello y no tuve problema alguno en darle una estructura clara.

Os contaré un secreto: “Kelvalad, la espada oscura”, nació a partir de un videojuego que estuve haciendo, trasteando con una aplicación llamada “Click&Play” con la que era muy sencillo crear juegos simples. Así pues, escogí como personaje a un bárbaro que lanzaría hachas y decidí llamarle “Rúdrigar de Maraguil”. Pero mi ordenador heredado venía con algo más que esa aplicación y pasaba la mayor parte del tiempo flipando con el Word. Sin limitaciones de tinta, papel, horarios ni necesidad de ocultar mis creaciones a los ojos de los curiosos, empecé a escribir lo que se me ocurría. Así empezó todo.

“Eran tierras de nadie, donde no había leyes establecidas que respetar o incumplir, donde la noche apenas se distinguía del día y las sombras arrastraban su eterno llanto oscuro (…).”

Necesitaba una historia y progresivamente fui adaptando una que había ideado para dibujar un cómic que yo sabía que me llevaría la vida entera. Bueno, tal vez habría tardado lo mismo en dibujarlo que en escribirlo, pero no quiero ni imaginar lo que habría significado “corregirlo” 15 años después. También necesitaba un malo al que echarle la culpa de todas las desgracias para poner su foto en la pared y tirar los dardos. Una vez más volví a recurrir a mis cómics y rescaté la figura de un personaje al que le tenía mucho cariño a pesar de su oscura naturaleza, y que me resultaba muy magnético. Luego di rienda suelta a mi pasión por los mitos, leyendas, Japón y los ninjas, criaturas mitológicas y, por supuesto, mi adoración por los dragones. Es una enfermedad de la que más o menos he ido consiguiendo una cura a base de hartazgo, ¡pero joder! ¡Es que los dragones son la oblea!

Pero pasaron los años y al fin pude dedicar las vacaciones a terminar de escribir el final. Incluso empecé a escribir una continuación que iba a consistir en una trilogía. Lo tenía claro: amaba escribir y quería escribir una novela detrás de otra. Corregí innúmeras veces, ilustré numerosos fragmentos y preparé una versión en papel, lista para ser enviada a editoriales. De pronto, cristalizó en mi cabeza lo que tanto tiempo había temido. Aquella novela no tenía lo necesario para ser considerada por una editorial, y sólo podrían leerla aquellas personas allegadas o que sentían curiosidad por los mundos que les presentaba de primera mano. Sabía que, para que esa novela fuera algo más que un ejercicio de iniciación personal, tendría que trabajar duramente en ella, y ya había dedicado demasiados años. Estaba muy cansado y quería seguir avanzando. Poco tiempo después, mi vida cambió y mi tiempo se vio monopolizado por la ilustración y el diseño. Había puesto toda la carne en ese asador y ya sólo podría escribir relatos cortos, cuentos o guiones para cómics. Todo lo que tuviera relación con la ilustración. Mis novelas murieron. O, al menos, permanecieron inconscientes hasta que lo que parece haber muerto es mi trabajo de ilustrador.

Curiosamente, mis tratos con las editoriales no habían sido como autor, sino como ilustrador. Durante años habíamos jugado, empresas y yo, a un juego de desgaste al que yo llamo “¿Te imaginas publicar? Pues sigue imaginando“. He perdido la cuenta de las veces que me llegaba una propuesta tan cojonuda que se me saltaban las lágrimas de la emoción, en la que invertía mi ilusión y sentía que mi carrera despegaría. Si no hubiera perdido la cuenta de las veces que eso sucedió, recordaría la cantidad de veces que, después, el proyecto era desestimado o no seguía adelante por el motivo que fuera. Más o menos el mismo número de veces. A todo esto, no ayudó en absoluto ni la crisis económica de las empresas y las personas, ni la crisis ética, de la que adolecía directamente el podrido mercado laboral. Sea como fuere, estaba llegando al límite y de pronto surgió la idea. Un amigo, Javier G. Valverde, había decidido hacer realidad su ilusión de escribir y publicar un libro que tenía bosquejado. Leyendo “La leyenda del bosque que nunca existió”, recordé vívidamente cómo escribir había resultado tan gratificante para mí. La ilustración y el diseño me habían dado buenos momentos, pero los malos me habían herido de gravedad. Necesitaba volver a sentirme bien con lo que hacía. Decidí retomar la novela y darle las correcciones que necesitaba para sentirme orgulloso de ella, y todas esas ideas que ya no me sentía con fuerzas de dibujar, quiero darles la vida que se merecen, palabra por palabra.