Aventura Interactiva :: El Pincel de Historia

El Pincel de Historia, una aventura donde tu propia muerte asegura tu supervivencia.

 

Tienes ante ti un relato de ficción interactiva donde aprenderás a utilizar dos inusuales dones que solo tú posees y por los que te persigue un mago negro. Tienes una piedra mística del tiempo unida a ti y eres capaz de materializar una herramienta de sangre. ¿Serán suficientes para evitar que te capturen?

 

 

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Algunos ya conoceréis mi experimento anterior de literatura hipertextual al estilo “Elige tu propia aventura”, Horrores in de nait. Esta vez se trata de un proyecto más ambicioso, ya que tiene continuidad y es un formato perfecto para desarrollar una idea que tenía en el cajón desde hace varios años. La premisa es muy simple: tienes la capacidad de tocar un objeto con el pincel de historia y alterar su tiempo. La piedra mágica que te va guiando a lo largo de la aventura es la que hace posible la alteración del tiempo y, lo más importante, puede devolverte a la vida unos instantes antes de tu muerte. No por nada se llama Corindón Trolceta. Así que no tengas miedo de morir, porque morirás.

 

Si veo que esto funciona, haré un capítulo mensual y, ya puestos, al final lo publicaría como librojuego en digital. Así que no olvidéis comentar y compartir por donde os parezca oportuno, ya sean blogs o redes 🙂 Me encantará saber vuestras opiniones, ya que estoy entusiasmado con el formato nuevo, el tipo de narración y las posibilidades que se van abriendo.

 

Si te interesa escribir tus propios relatos interactivos, echa un ojo a Inklewriter.
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Fragmento :: La Leyenda de los Espíritus Inmortales

En la próspera isla de Daojima se han aprendido desde tiempos inmemoriales algunas de las más importantes técnicas de las cinco fases, el onmyodo y el feng shui. No era extraño que los emperadores viajaran tradicionalmente a la fastuosa ciudad que daba nombre al lugar y profundizaran en el conocimiento de los espíritus inmortales, la energía de las cinco fases y los sesenta y cuatro sellos sagrados. Los sha-man, o chamanes tao, eran los encargados de enseñar los secretos mejor guardados al monarca. Como era lo acostumbrado, el emperador Izanobu permaneció un ciclo anual en Daojima, como lo hicieran antes que él su padre, el padre de su padre y, a su vez, los emperadores que lo precedieron. Izanobu fue conocido por su magnanimidad y su profundo amor por sus hijos, la princesa Nihime y el príncipe Tsukiro, a quienes llevó con él. Los pequeños aún no habían cumplido los ocho ciclos, eran gemelos y estaban unidos por unos lazos inquebrantables. La mujer del emperador había rogado a su marido que no los llevara consigo, pues las hojas de té habían presagiado una terrible desgracia. No eran muchas las personas dotadas con poder para interpretar los designios, e Izanobu nunca creyó que su mujer hubiera sido bendecida con semejante don.
Las advertencias no habían sido infundadas, pues un terrible monstruo vivía en la isla de Daojima. Era un oni descomunal, de rostro azul, con cabello y barbas de fuego. Dos hileras de cuernos adornaban su frente y crecían espolones en sus piernas, por debajo de la piel de tigre que lo abrigaba. Sus ojos eran de rubí, y su gargantuesca boca podía tragar un caballo de una vez. Grandes colmillos curvos sobresalían de ella, y tenía el poder de soplar vientos capaces de arrancar todas las hojas de los árboles. Cabalgaba nubes y creaba tormentas con su garrote, desafiando a los hombres, los tengu y los espíritus inmortales. Nadie podía hacer frente a su poder. Su hogar era la Montaña de las Peonías Inmarcesibles, por fortuna muy lejos de la ciudad y los poblados de la isla. Nadie podría imaginar que semejante monstruo tuviera interés en recorrer tanta distancia para alterar la paz de los hombres, pues se conformaba con reinar en su montaña y en los alrededores, devorando toda clase de criaturas. Pero el señor de la montaña estaba cansado de probar siempre los mismos platos, creía que ya había probado todos los sabores existentes. Con su portentosa nariz olfateó un olor desconocido y no pudo dormir pensando en el origen de aquella fragancia, deseando probar su sabor. No pensaba en otra cosa, de manera que, en mitad de la noche, cabalgó las nubes y recorrió los cielos hasta llegar al palacio del emperador. Allí encontró al pequeño príncipe, durmiendo en su alcoba, y se le hizo la boca agua. Soplando un potente viento abrió un agujero y cogió al príncipe con una mano garruda, mientras con la otra apartaba a manotazos a los impotentes guardias. Los dragones ya no reinaban en Torishima, por lo que nadie pudo hacer frente a la bestia, que se subió a una nube y huyó con su preciado botín al tiempo que reía y cantaba. En el palacio, todo fueron llantos y rechinar de dientes.

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En algún lugar del bosque de Warmond

Un microcuento con un estilo bastante afectado. A veces me da por ahí. Probablemente use la idea para desarrollarla en un cuento de Enor.

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Salí a comer con un viejo amigo y la chica que me gustaba al placentero bosquecillo de Warmond, junto al canal, donde pastaban vacas y paseaban lugareños en barquichuelas, transportando bienes, fumando su tabaco despreocupados.

Solazados bajo los árboles, los haces de luz de la mañana se filtraban espesos y corpusculares, inundando de paz nuestros ánimos. No fue una salida programada, todo era fruto del azar y de un encadenamiento de ideas fulgurantes que nos había llevado al fin, con sus más y sus menos, a deglutir todo alimento que hubiéramos dispuesto tras un reconocimiento por la zona. Embriagado por el momento y motivado por la presencia de mi anhelada dama —siendo esto el prolegómeno de una concupiscencia ulterior, pues en verdad me movía el deseo de poseerla aceptando con resignación el ineludible romanticismo del proceso previo—, determiné como un experto que los hongos que había recogido eran unos manjares que ensalzarían tan improvisado almuerzo. En verdad solo sabía que no eran venenosos, no al menos mortales.

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Seis Sabios Simios

Seis sabios simios,

al saberse deseados,

se subían a las ramas

de su sauce sin retraso,

para así escapar 

de una espinosa situación,

pues en el suelo salivaban salvajes

tres tigres trastos.

Tramaban truculentos la tragedia:

¡tragarían a todos como truhanes!

Mas trabados se tornaron

trepando por el tronco.

¡Qué terrible contratiempo!

Microrrelato :: Érase un fin

Hubo una gran luz. Silencio.

 

Ella, y él, se detuvieron para mirar el cielo. Era de día y, sin embargo, no había luz. Nubes grises cubrían todo lo que a su alrededor no eran montañas. Las montañas también eran grises, mas se hallaban yermas, rasas. Se fundieron en un abrazo, ella, y él.
—Nos amaremos para siempre —dijeron.
Sobre ellos se erigían titánicas naves, dirigibles más oscuros que su cielo, incontables y ominosos. Allí arriba, suspendidos como si permanecieran inmóviles.
Y recordaron.

 

En aquel paraje, años atrás, se dijeron las mismas palabras. El cielo mostraba su intenso azul sin reservas, como su amor, inundado por la calidez de los rayos del sol. Jugaron a buscarse, se encontraron y rodaron por el suelo. Sus cuerpos se entrelazaron hasta olvidar de quién era cada miembro, cada fibra, cada palabra susurrada entre el viento. Sus dedos trenzaron el tiempo entre sus cabellos y los labios jugaron a no tener dueño.
Cuando volvieron a la civilización, jugaron a ser parte de ella, a vivir, a ser dueños y esclavos de sí mismos. Dejaron la libertad en las montañas y jugaron a estar locos, pero era la civilización la que se tomaba la vida muy en serio, y su locura no era broma.
Ella, y él, vivieron la locura de la civilización. Buscaron en las taras su perfección, entre el ruido se miraban en silencio. Se abrazaron, se besaron y se amaron para siempre, en medio de la locura. A su alrededor, la civilización oscureció el cielo; esquilmó la tierra; desplegó sus naves; enloqueció. Su locura no era broma. Trajo la muerte y volvieron a las montañas, donde habían escondido su libertad.
No quedaba nada más. Ella, y él, no podían elegir donde vivir, de manera que escogieron dónde morir.

 

Dicen que, cuando te encuentra la muerte, una luz precede los recuerdos de toda una vida. Ella, y él, vieron una gran luz. Luego el silencio, y recordaron tras jurarse amor eterno. Ella, y él, vivieron la muerte como el mundo dijo que era. Solo que el mundo, como toda esta historia, estaban al revés.

 

fin del mundo

Microrrelato :: Presagio

Un señor con levita que se parece a Pushkin espera en el rellano. Tras él, la viva imagen de Tolstói y la hermana fea de Dostoyevski. Cuando aquel vidente predijo la enigmática causa de mi muerte, tan sólo dos días atrás, lo tomé por loco. Ahora, con semejante cohorte plantada ante mis narices, distingo con claridad meridiana por qué me previno contra la “ensaladilla rusa”. De un portazo les muestro de nuevo la cara externa de mi puerta.
—¡Qué grosero! —dicen, mientras se alejan, los testigos de Jehová—. Sólo queríamos hablarle del fin del Mundo.
 
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Aleksander Pushkin. Detalle de una pieza lacada de Palekh.

Cuento de terror :: Los cadáveres del practicante

Estos días le he dedicado mucho tiempo a este cuento con la esperanza de llegar la noche de Halloween y, acto seguido, dar comienzo al NaNoWriMo2015. Como cualquier plan en el que las piezas encajen con precisión milimétrica… salió mal. Podríamos decir que este cuento me dio tanto miedo que acabé enfermando. No se alejaría mucho de la realidad.

Lo fui publicando en Wattpad, pero me comentaron para mi total estupefacción que sólo se podía leer teniendo una cuenta. Me ha defraudado un poquito más, ¡pero oye!, es gratis.

Queda compartido aquí en tres formatos: ePub, Mobi y PDF.

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Os adelanto lo que va a venir a continuación: NaNoWriMo. ¿Qué más? NaNoWriMo. A ver, es el mes de escribir novela como si no hubiera diciembre. Así que voy a estar escribiendo como loco mi proyecto de “Gusanos en la basura” hasta alcanzar esas 50.000 palabras. Ya lo podréis ir viendo durante todo el mes.

Pero hay algo más. A ver si crees que estos días sin actualizar se deben a unas vacaciones… Esta semana tendremos un interesante invento: intercambio de entrevistas en el blog con David F. Cañaveral. Contestamos a una serie de preguntas relacionadas con la fantasía, cada uno en el blog del otro. Y hoy acabo de participar en el podcast de “El d20”, así que habrá más entrevistas en breve.

 

Os dejo con el comienzo del cuento titulado:

“Los cadáveres del practicante”

La casa era bonita, no podía negarlo. Debía serlo, me habían dicho, y tranquila. Sobre todo tenía que ser tranquila si quería recuperarme. La psicóloga había insistido sobre la necesidad de estímulos positivos, un buen paisaje, luz del sol y compañía frecuente. Llevaba varias semanas constantemente rodeado de gente y me había ayudado a olvidar pero había llegado a un punto en el que mi subconsciente redoblaba sus esfuerzos por rebasar las barreras de semejantes distracciones. Al mismo tiempo, la falta de intimidad, de una controlada soledad y las constantes interacciones con miembros de mi especie acabaron tornándose en pequeñas molestias que amenazaban con volverse irritantes. Y no podía vivir acompañado eternamente. Sigue leyendo

Microrrelato :: Alineación

Este es mi texto semanal para los “relatos encadenados” a partir de la frase “¡Cuánta fuerza y qué poca puntería!”.

ALINEACIÓN
¡Cuánta fuerza y qué poca puntería! Alfred era un desecho de virtudes. Entre ellas, la creatividad a la hora de deshacerse de aquel cadáver, arrojándolo por el acantilado cual martillo de atletismo. Aún embotado por los güisquis, asimiló lentamente la escena. Quizá no debió aparcar tan cerca su descapotable. Quizá no debió dejarlo alineado y cuesta abajo, con la comisaría al final de la carretera. Pero, ¿quién podría adivinar que aquella prostituta acabaría cayendo en dirección contraria y soltaría el freno de mano?
—¡No me cogerán con vida! —gritó determinado mientras se arrojaba al vacío.
La Policía lo encontró dormido, prendido de un árbol.

Así pudo acabar, a la mañana siguiente, esta historia:

Foto original de Rodrigo Valero, con el pintor Antonio López, al que un amigo tituló como “¿Quién se ha dejado una puta muerta encima de la mesa de los bodegones?”. Esta imagen, tan potente, tan genialmente compuesta, en la que muestra al pintor en una clase de hiperrealismo, fue absurdamente censurada por Facebook. Y, por supuesto, ni es prostituta ni está muerta, pero ahora no puedo evitar acordarme de esta imagen ante una historia en la que haya una.

 

El microrrelato ganador, magnífico, fue el siguiente:

Luz María Leira Rivas
El desafío

¡Cuánta fuerza y qué poca puntería tuvo el camello, para privarse de agua hasta desinflar sus gibas, para enroscarse el pescuezo, para arrancarse los dientes y retorcerse e introducir en su boca no solo el rabillo piloso sino también, una por una, sus cuatro zancas unguladas, para en esta sufrida posición de contorsionista chino apretarse y fruncirse y plegarse a sí mismo tantas veces doloridas que perdió la cuenta entre estertores, para convertirse en raquítico, en migaja, en miniatura, en pigmeo artiodáctilo, en microscópico átomo de camello exultante y conseguir contra cualquier pronóstico divino inadmisible traspasar de una maldita vez el puñetero ojo de la cerradura!

Microrrelato :: Alta cocina

Me estreno en “Relatos en cadena”, el concurso de microrrelatos que lleva organizando la cadena de radio SER desde hace ya unos años en su sección de “La Ventana”. La mecánica es simple y divertida: 100 palabras máximo y siempre empieza con la última frase del último relato ganador. En este caso, el nivel de participación decayó enormemente por razones obvias, esa frase infernal era difícil de cuadrar. Tras el mío, incluyo el merecido ganador.

ALTA COCINA

El bate, «¡Eso, bate!», se le resbalaba de las manos pringosas. Se rió de su propia ocurrencia. Todo aquello tenía su gracia. Finalmente arrojó su herramienta de trabajo contra las rocas, se dejó caer sobre el desmantelado asiento y contempló las innumerables muescas en el fuselaje del avión. Sin duda, el helicóptero de rescate había advertido su señal. Aquella bengala marcaba el final de su aventura al igual que los fuegos artificiales clausuran unas fiestas. Por fin volvería a la televisión aunque, en lugar de su acostumbrado programa de cocina, sería en las noticias internacionales. «Después, me haré vegetariano».

alta cocina microrrelato

El microrrelato ganador:

Fernando Alemán Roda
La barbacoa

El bate, “¡Eso, bate!”, se le resbalaba de las manos pringosas. Las hamburguesas estaban riquísimas, pero te ponías perdido. “¡Vamos, papá, que ya lanzo!”. Su hijo, a unos metros de distancia ya había armado el brazo y la pelota no tardaría en salir despedida. No la vio venir, pero su mente gozó de un instante de claridad antes de caer al suelo. Comprendió que, aunque el trozo de hamburguesa que se le iba a atravesar en la tráquea no lo mandara al otro barrio, su sueño de tener un hijo jugador profesional con los Yankees era ya irrealizable. “¡Cuánta fuerza y qué poca puntería!”.

La vida de un hombre muerto

hombre muerto

–No deberías estar aquí. Has muerto hace dos días.
–Tienes un sentido del humor deplorable, ¿lo sabías? –le contesté–. Anda, ponme una caña.
–Te lo digo en serio –me contestó adusta al otro lado de la barra–. Mira, lo pone en el periódico.
Me acercó el diario local y me señaló el titular en el que rezaba la muerte de J. R. Schrödinger. La coincidencia me habría hecho sonreír de no ser por la foto que acompañaba la noticia. Era mía.
–Tiene que ser una broma… –acerté a decir con la voz entrecortada.
–¿Acaso está en la sección de humor? Es una noticia real.
Me miró durante un rato que a mí me pareció tan largo como esperar la cola del aseo cuando llevas tres jarras de cerveza. Creía que había podido adivinar la confusión que me embargaba pero, si así fue, no lo demostró.
–Así que, como comprenderás, no puedo ponerte una caña. Sería desperdiciarla y, además, todo el mundo sabe que los muertos no pueden pagar –No podía creerlo–. Lo siento –remató para demostrar que no carecía de empatía.

Había sido incapaz de despedirme ni articular palabra alguna. Con la mirada aún perdida y la mente inquieta por el vértigo de las repercusiones, recorrí las calles, vagaroso. Ahora comprendía por qué algunos conocidos me ofrecían aquella mirada de condescendencia cuando nos cruzábamos por la acera. Aquella situación, más que ridícula, empezaba a resultar molesta. Las piernas me habían llevado con la inteligencia mansa de la rutina hacia la calle de mis padres, que al verme rompieron a llorar. Colmado de rabia, finalmente exploté.
–¿Pero se puede saber por qué me hacéis esto?
–¡Ay, hijo mío! –exclamó extenuada mi madre–. ¡Eres tú quien nos ha dejado aquí sufriendo! Si supieras todo lo que hemos hecho por ti… ¡Te lo hemos dado todo!
Mi madre siempre fue medalla de oro olímpico en el deporte de sufrir. No importaba que un náufrago con las tripas en salazón se revolviera entre las rocas de una playa desierta. Si era cuestión de sufrir, ella lo hacía mejor. Mi padre, que había desarrollado la capacidad nada envidiable de seguirle la corriente, me miró con cierta dureza.
–Mira lo que has conseguido. Al menos podrías haberte despedido, ¡escribir una nota o algo!
Recordé que la noticia mencionaba algo sobre un posible suicidio. ¡Qué estupidez! ¿Por qué querría yo quitarme la vida? Me quedaba mucha hipoteca por pagar.
–¡Espero que al menos tuvieras los calzoncillos limpios! –Mi madre tenía un curioso orden de prioridades.
–¿Es que no lo entendéis? –renové mi indignación–. ¡No estoy muerto! ¡Esto debe de ser un terrible error, una broma cruel! ¡Estáis todos locos!
–No puede ser, hijo –aseveró mi padre, muy serio–. Lo pone en el periódico.
–En serio, tenéis todos una confianza en lo que dicen los periódicos que roza el fanatismo.
Decidí marcharme. Cuanto más hablaba con mis padres, más tenía la sensación de estar muriendo envenenado. Decidí que debía ir al origen de aquella pesadilla: la redacción del periódico. Sigue leyendo

No se arrepentía de nada

luchador sobre patines

No tenía dinero ni amigos. Incluso mi pisito de renta antigua se despedía con un último estertor de humo. El sonido del derrumbamiento final provocado por las llamas se me antojó una sardónica carcajada. No me quedaba nada. Había conocido a la mujer de mi vida para perderla poco después, cuando decidir convertirme en luchador sobre patines. Ahora, el destino nos había vuelto a unir. El destino: una fuerza ingobernable que no carecía de sentido del humor; el problema es que no lo compartía con nadie.

No hacía un mes que mi carrera de luchador había quedado truncada debido a un problema de hongos en los pies. Y ahora, allí estaba ella, despeinada, con el pantalón del pijama roído por las llamas y tapándose los hombros con aquella extraña manta de papel Albal que le ofrecieran los bomberos. No mostraba un cuadro muy distinto al mío, pero en aquel momento me pareció más hermosa que nunca. Tal vez fueran los reflejos del fuego en aquella manta plateada sobre su rostro. O tal vez aquellos ojos perdidos en los míos, seguramente fruto de una inhalación de monóxido de carbono rayana en lo mortal. ¡La había sentido tan lejos y había estado tan cerca! Era la maldita vecina del segundo, la que lloraba cada noche escuchando una deprimente canción, una y otra vez. El destino.

No me arrepentía de nada, pero había tres errores que jamás volvería a cometer: dejar una cuchara dentro del microondas, prestarle dinero a un amigo y, por encima de todo, jamás volvería a dejarla escapar.

Microrrelato premiado :: Silencio Hermético

Este viernes fue la entrega de premios de la Universidad Popular de Aranjuez 2015. Participé en la modalidad de microrrelatos y, aunque en principio solo había un premio, debido a la dificultad de elegir ganador decidieron añadir una mención de honor con la que me obsequiaron.

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Tengo entendido que mi texto se salvó de una quema despiadada en el proceso de selección. Me alegra saber que pasé la criba de un jurado bastante crítico, y esto me anima a seguir trabajando y escribiendo esas pequeñas fantasías que no suelen pasar de ser conatos de historias que se extinguen en el olvido, o manchas de tinta en un cuaderno olvidado. Las condiciones eran no exceder las 100 palabras e incluir en el texto las palabras “armadura” y “laberinto”. Decidí alejarme de las primeras asociaciones y mi pasión por la fantasía, descartando caballeros, minotauros, magia y épica. Creo que no hay mayores laberintos que los de la mente y, rebuscando entre mis notas, había un párrafo interesante con el que empezar a trabajar. Me gustó la idea de tirar por el mentalismo, y de ahí el título de Silencio Hermético, por el hermetismo como doctrina oculta, pero también jugaba con el resultado del texto. Este es el microrrelato:

SILENCIO HERMÉTICO  No podía hablar ni moverme. Mi conciencia se hallaba sepultada bajo una tonelada de arena que un niño hubiera depositado pacientemente con su pala. Mi pensamiento se abría paso al exterior como quien intenta emerger del río revestido con una armadura. Finalmente recordé. Durante años había recorrido el laberinto de calles que configuraban las ciudades infinitas, lo que en otro tiempo sabía identificar como la mente humana. Aquello era diferente. Había errado en mi búsqueda. La voz de mi interior, espesa en aquel lugar, buscaba las palabras que brotaron como ladridos. Ahora soy un perro.

Escribe tu propia aventura

Llevo un tiempo escuchando y hablando con gente, casualmente, de los librojuegos que tanto marcaron a los que por la década de los 80 éramos unos críos (en este podcast de El D20 hablan de ello). Para mí eran los libros rojos de Timun Mas de “Elige tu propia aventura“, pero para otros eran los del “Lobo solitario”, las ediciones de “Dungeons&Dragons” o incluso “Fighting fantasy”. Así que al final me ha dado por escribir algo en esa línea 🙂 Os lo cuento al final…

Yo lo gozaba todo de niño con este libro.

Yo lo gozaba todo de niño con este libro.

Me resultó cuanto menos curioso que en poco tiempo surgiera el tema en conversaciones completamente distintas, y cuando eso ocurre me hace pensar que en la mente colmena que tenemos ahora, se está cociendo algo. También me hace pensar que los 80 llevan años volviendo con fuerza, supongo que porque somos la generación más jugosa para los mercados actuales…

Así que investigué sobre el tema de los librojuegos. Efectivamente habían vuelto en varios formatos y, desafortunadamente, en alguno habían vuelto a irse. Parece ser que, mientras en algún país como Reino Unido lo peta, en España no parece que pueda competir con los videojuegos y otras propuestas lúdicas (aunque desconozco qué tal le irá a la editorial Hidra y sus colecciones de “Tú Decides la Aventura” y “Tú decides la leyenda”). Un ejemplo ha sido la editorial Mundos Épicos, que cerró a pesar de tener unos títulos que desgraciadamente no he podido ni hincar el diente. Entre ellos, “Héroes del Acero” de David Velasco.

Pero el espíritu de estos textos de onanismo lúdico es fuerte y, terminen o no de engancharnos, siempre nos llaman la atención. A mí, particularmente, me picó el gusanillo de escribir algo, aunque fuera una prueba, y cuando descubrí la siguiente herramienta me lancé a probarla:

inklewriter, o un

Inklewriter, o un “Elige tu propia aventura maker”.

Es una herramienta gratuita para crear tus historias interactivas, con alguna opción de pago como exportar a Kindle. Realmente útil para centrarte en tu labor creativa de escribir las historias y no preocuparte tanto de encajarlo todo, ya que es muy fácil a la hora de usar. Tanto si os apetece echar un vistazo a mi pequeña historia, como si os interesa ver cómo funciona, os invito a leer unas cuantas de las posibles ramificaciones que he escrito, en…

Una historia de terror psicoabsurdo. O de horrobsurdo psicológico.

Ir a enlace.

¿Te animas a escribir alguna? Yo tengo especial interés en jugar con esto en plan “cadáver exquisito” 🙂 ¿A que suena interesante?

Ciudad de Kindo

Aquella ciudad apestaba con una densidad aplastante a falsedad y apariencias, como si cada vez que alguien fingiera ser lo que no es destilase un perfume rancio en el ambiente. Podía no solo olerse; podía masticarse, palparse y, literalmente, podía matar a cualquier ingenuo cuyo aroma desentonase de forma evidente entre aquella bruma de mentiras.