En algún lugar del bosque de Warmond

Un microcuento con un estilo bastante afectado. A veces me da por ahí. Probablemente use la idea para desarrollarla en un cuento de Enor.

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Salí a comer con un viejo amigo y la chica que me gustaba al placentero bosquecillo de Warmond, junto al canal, donde pastaban vacas y paseaban lugareños en barquichuelas, transportando bienes, fumando su tabaco despreocupados.

Solazados bajo los árboles, los haces de luz de la mañana se filtraban espesos y corpusculares, inundando de paz nuestros ánimos. No fue una salida programada, todo era fruto del azar y de un encadenamiento de ideas fulgurantes que nos había llevado al fin, con sus más y sus menos, a deglutir todo alimento que hubiéramos dispuesto tras un reconocimiento por la zona. Embriagado por el momento y motivado por la presencia de mi anhelada dama —siendo esto el prolegómeno de una concupiscencia ulterior, pues en verdad me movía el deseo de poseerla aceptando con resignación el ineludible romanticismo del proceso previo—, determiné como un experto que los hongos que había recogido eran unos manjares que ensalzarían tan improvisado almuerzo. En verdad solo sabía que no eran venenosos, no al menos mortales.

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Seis Sabios Simios

Seis sabios simios,

al saberse deseados,

se subían a las ramas

de su sauce sin retraso,

para así escapar 

de una espinosa situación,

pues en el suelo salivaban salvajes

tres tigres trastos.

Tramaban truculentos la tragedia:

¡tragarían a todos como truhanes!

Mas trabados se tornaron

trepando por el tronco.

¡Qué terrible contratiempo!

Microrrelato :: Érase un fin

Hubo una gran luz. Silencio.

 

Ella, y él, se detuvieron para mirar el cielo. Era de día y, sin embargo, no había luz. Nubes grises cubrían todo lo que a su alrededor no eran montañas. Las montañas también eran grises, mas se hallaban yermas, rasas. Se fundieron en un abrazo, ella, y él.
—Nos amaremos para siempre —dijeron.
Sobre ellos se erigían titánicas naves, dirigibles más oscuros que su cielo, incontables y ominosos. Allí arriba, suspendidos como si permanecieran inmóviles.
Y recordaron.

 

En aquel paraje, años atrás, se dijeron las mismas palabras. El cielo mostraba su intenso azul sin reservas, como su amor, inundado por la calidez de los rayos del sol. Jugaron a buscarse, se encontraron y rodaron por el suelo. Sus cuerpos se entrelazaron hasta olvidar de quién era cada miembro, cada fibra, cada palabra susurrada entre el viento. Sus dedos trenzaron el tiempo entre sus cabellos y los labios jugaron a no tener dueño.
Cuando volvieron a la civilización, jugaron a ser parte de ella, a vivir, a ser dueños y esclavos de sí mismos. Dejaron la libertad en las montañas y jugaron a estar locos, pero era la civilización la que se tomaba la vida muy en serio, y su locura no era broma.
Ella, y él, vivieron la locura de la civilización. Buscaron en las taras su perfección, entre el ruido se miraban en silencio. Se abrazaron, se besaron y se amaron para siempre, en medio de la locura. A su alrededor, la civilización oscureció el cielo; esquilmó la tierra; desplegó sus naves; enloqueció. Su locura no era broma. Trajo la muerte y volvieron a las montañas, donde habían escondido su libertad.
No quedaba nada más. Ella, y él, no podían elegir donde vivir, de manera que escogieron dónde morir.

 

Dicen que, cuando te encuentra la muerte, una luz precede los recuerdos de toda una vida. Ella, y él, vieron una gran luz. Luego el silencio, y recordaron tras jurarse amor eterno. Ella, y él, vivieron la muerte como el mundo dijo que era. Solo que el mundo, como toda esta historia, estaban al revés.

 

fin del mundo

Microrrelato :: Volver a Empezar

Volvieron a ser invisibles y, por más que las buscaba, no hacía más que tropezar. ¿Cómo no iba a hacer el mayor de los ridículos, si con el primer aguacero desaparecían las señales que dejé? Ni rastro de aquellas flechas que evidenciaban mis accesos previos, las advertencias de curvas peligrosas, nada. Sólo las que habían sido marcadas a fuego por el amor y el dolor quedaron a la vista. ¡Me quedaba tanta vida por recorrer!

primos salvajes

Microrrelato :: Presagio

Un señor con levita que se parece a Pushkin espera en el rellano. Tras él, la viva imagen de Tolstói y la hermana fea de Dostoyevski. Cuando aquel vidente predijo la enigmática causa de mi muerte, tan sólo dos días atrás, lo tomé por loco. Ahora, con semejante cohorte plantada ante mis narices, distingo con claridad meridiana por qué me previno contra la “ensaladilla rusa”. De un portazo les muestro de nuevo la cara externa de mi puerta.
—¡Qué grosero! —dicen, mientras se alejan, los testigos de Jehová—. Sólo queríamos hablarle del fin del Mundo.
 
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Aleksander Pushkin. Detalle de una pieza lacada de Palekh.

Microrrelato :: Defensa propia

DEFENSA PROPIA

«¿Y cómo es que nunca cambiaron el bombín?». Mi madre y yo clavamos la mirada en aquella puerta con la pintura desconchada a lo largo de innumerables noches sin fin. Nos estremecimos contemplando la madera astillada alrededor de la mirilla. Más abajo, la cerradura escarificada por la llave que tantas veces esgrimió su mano errática. No era justo. Habíamos vencido a la angustia acumulada tras esa puerta, nos enfrentamos a la furia etílica enarbolando la bandera de la desesperación y, tras años de incertidumbre, nuestra única certeza fue la prueba acusadora. El policía sacó sus esposas y él mismo se respondió: «Sabían que no volvería nunca más».

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Microrrelato de la semana pasada para “Relatos en cadena”.

Cada día, a la misma hora

En un rincón alejado de la música de las personas, inmóvil en el país del silencio, los movimientos y colores que registraba su visión periférica constituían para él todo un concierto. Como un cardumen de peces multicolores, se sucedían ante él las estelas que dejaban tras de sí cada uno de los improvisados músicos visuales, turbamulta inquieta, imparables transeúntes. Y él, paciente y quieto, como cada día, esperaba la llegada del solo que le hacía estremecer. Entre el gentío, fragor vibrante que no podía escuchar, ella posaba su cálida mano en su hombro. A través de aquel contacto indirecto a su inaudible voz, como cada día y a la misma hora, podía sentir sus palabras. ¡Sentía las palabras!

¿Me dejas pasar, por favor?

En la soledad del país del silencio, donde nadie cantaba para él, por un instante podía escuchar; como cada día, a la misma hora.

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Microrrelato :: Sellado

Otra semana participando en «Relatos en cadena». La frase de inicio era «El puñetero ojo de la cerradura»:

SELLADO
El puñetero ojo de la cerradura estaba sellado con aquella pasta compuesta de temores y suspicacias. Sólo cuando ya había hipotecado las sonrisas bajo las sábanas, los desayunos en la cama, las visitas al IKEA y los pañales del resto de mi vida, sólo para entonces, me di cuenta de que la llave de su corazón, que él mismo me dio, no abría nada.

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Generalmente, mis textos se mantienen a una distancia prudencial de mi realidad y no se debe sólo a mi afición por la fantasía. Nuestras experiencias son clave para idear historias complejas y profundas, pero expandes las posibilidades cuando vives en pieles ajenas.

La empatía y ser un cambiapieles son herramientas útiles para expandir nuestros horizontes y vivir experiencias enriquecedoras.

Por eso muchas de estas pequeñas historias que escribo no son fruto directo de mis vivencias. ¿Sabéis el dicho que reza aquello de «la mejor mentira es la que tiene una parte de verdad»? Pues una historia no dista mucho de una mentira, ya que estoy hablando de algo que no es real, pero que contenga una pequeña parte de una verdad de la que haya sido testigo, la hace más creíble. En este caso, como es habitual, no pretendía hablar de mí.
Ya desde pequeño, cuando dibujaba personajes, todo el mundo me preguntaba lo mismo: ¿Ese quién es? «No es nadie, me lo he inventado», respondía. Así que, por esa regla de tres, imagino que mucha gente debe de pensar que uno sólo puede hablar de lo que ya ha sucedido. No necesariamente. Y no necesariamente escribimos sobre nosotros mismos. Sin embargo, cuando leo este microrrelato, no puedo evitar sentir que tengo algo en común con ese corazón sellado. Y es que a veces escribimos gracias a lo que conocemos y, otras veces, nos conocemos gracias a lo que escribimos.

Microrrelato :: Alineación

Este es mi texto semanal para los “relatos encadenados” a partir de la frase “¡Cuánta fuerza y qué poca puntería!”.

ALINEACIÓN
¡Cuánta fuerza y qué poca puntería! Alfred era un desecho de virtudes. Entre ellas, la creatividad a la hora de deshacerse de aquel cadáver, arrojándolo por el acantilado cual martillo de atletismo. Aún embotado por los güisquis, asimiló lentamente la escena. Quizá no debió aparcar tan cerca su descapotable. Quizá no debió dejarlo alineado y cuesta abajo, con la comisaría al final de la carretera. Pero, ¿quién podría adivinar que aquella prostituta acabaría cayendo en dirección contraria y soltaría el freno de mano?
—¡No me cogerán con vida! —gritó determinado mientras se arrojaba al vacío.
La Policía lo encontró dormido, prendido de un árbol.

Así pudo acabar, a la mañana siguiente, esta historia:

Foto original de Rodrigo Valero, con el pintor Antonio López, al que un amigo tituló como “¿Quién se ha dejado una puta muerta encima de la mesa de los bodegones?”. Esta imagen, tan potente, tan genialmente compuesta, en la que muestra al pintor en una clase de hiperrealismo, fue absurdamente censurada por Facebook. Y, por supuesto, ni es prostituta ni está muerta, pero ahora no puedo evitar acordarme de esta imagen ante una historia en la que haya una.

 

El microrrelato ganador, magnífico, fue el siguiente:

Luz María Leira Rivas
El desafío

¡Cuánta fuerza y qué poca puntería tuvo el camello, para privarse de agua hasta desinflar sus gibas, para enroscarse el pescuezo, para arrancarse los dientes y retorcerse e introducir en su boca no solo el rabillo piloso sino también, una por una, sus cuatro zancas unguladas, para en esta sufrida posición de contorsionista chino apretarse y fruncirse y plegarse a sí mismo tantas veces doloridas que perdió la cuenta entre estertores, para convertirse en raquítico, en migaja, en miniatura, en pigmeo artiodáctilo, en microscópico átomo de camello exultante y conseguir contra cualquier pronóstico divino inadmisible traspasar de una maldita vez el puñetero ojo de la cerradura!

Microrrelato :: Alta cocina

Me estreno en “Relatos en cadena”, el concurso de microrrelatos que lleva organizando la cadena de radio SER desde hace ya unos años en su sección de “La Ventana”. La mecánica es simple y divertida: 100 palabras máximo y siempre empieza con la última frase del último relato ganador. En este caso, el nivel de participación decayó enormemente por razones obvias, esa frase infernal era difícil de cuadrar. Tras el mío, incluyo el merecido ganador.

ALTA COCINA

El bate, «¡Eso, bate!», se le resbalaba de las manos pringosas. Se rió de su propia ocurrencia. Todo aquello tenía su gracia. Finalmente arrojó su herramienta de trabajo contra las rocas, se dejó caer sobre el desmantelado asiento y contempló las innumerables muescas en el fuselaje del avión. Sin duda, el helicóptero de rescate había advertido su señal. Aquella bengala marcaba el final de su aventura al igual que los fuegos artificiales clausuran unas fiestas. Por fin volvería a la televisión aunque, en lugar de su acostumbrado programa de cocina, sería en las noticias internacionales. «Después, me haré vegetariano».

alta cocina microrrelato

El microrrelato ganador:

Fernando Alemán Roda
La barbacoa

El bate, “¡Eso, bate!”, se le resbalaba de las manos pringosas. Las hamburguesas estaban riquísimas, pero te ponías perdido. “¡Vamos, papá, que ya lanzo!”. Su hijo, a unos metros de distancia ya había armado el brazo y la pelota no tardaría en salir despedida. No la vio venir, pero su mente gozó de un instante de claridad antes de caer al suelo. Comprendió que, aunque el trozo de hamburguesa que se le iba a atravesar en la tráquea no lo mandara al otro barrio, su sueño de tener un hijo jugador profesional con los Yankees era ya irrealizable. “¡Cuánta fuerza y qué poca puntería!”.

No se arrepentía de nada

luchador sobre patines

No tenía dinero ni amigos. Incluso mi pisito de renta antigua se despedía con un último estertor de humo. El sonido del derrumbamiento final provocado por las llamas se me antojó una sardónica carcajada. No me quedaba nada. Había conocido a la mujer de mi vida para perderla poco después, cuando decidir convertirme en luchador sobre patines. Ahora, el destino nos había vuelto a unir. El destino: una fuerza ingobernable que no carecía de sentido del humor; el problema es que no lo compartía con nadie.

No hacía un mes que mi carrera de luchador había quedado truncada debido a un problema de hongos en los pies. Y ahora, allí estaba ella, despeinada, con el pantalón del pijama roído por las llamas y tapándose los hombros con aquella extraña manta de papel Albal que le ofrecieran los bomberos. No mostraba un cuadro muy distinto al mío, pero en aquel momento me pareció más hermosa que nunca. Tal vez fueran los reflejos del fuego en aquella manta plateada sobre su rostro. O tal vez aquellos ojos perdidos en los míos, seguramente fruto de una inhalación de monóxido de carbono rayana en lo mortal. ¡La había sentido tan lejos y había estado tan cerca! Era la maldita vecina del segundo, la que lloraba cada noche escuchando una deprimente canción, una y otra vez. El destino.

No me arrepentía de nada, pero había tres errores que jamás volvería a cometer: dejar una cuchara dentro del microondas, prestarle dinero a un amigo y, por encima de todo, jamás volvería a dejarla escapar.

Microrrelato premiado :: Silencio Hermético

Este viernes fue la entrega de premios de la Universidad Popular de Aranjuez 2015. Participé en la modalidad de microrrelatos y, aunque en principio solo había un premio, debido a la dificultad de elegir ganador decidieron añadir una mención de honor con la que me obsequiaron.

premio microrrelato noa velasco

Tengo entendido que mi texto se salvó de una quema despiadada en el proceso de selección. Me alegra saber que pasé la criba de un jurado bastante crítico, y esto me anima a seguir trabajando y escribiendo esas pequeñas fantasías que no suelen pasar de ser conatos de historias que se extinguen en el olvido, o manchas de tinta en un cuaderno olvidado. Las condiciones eran no exceder las 100 palabras e incluir en el texto las palabras “armadura” y “laberinto”. Decidí alejarme de las primeras asociaciones y mi pasión por la fantasía, descartando caballeros, minotauros, magia y épica. Creo que no hay mayores laberintos que los de la mente y, rebuscando entre mis notas, había un párrafo interesante con el que empezar a trabajar. Me gustó la idea de tirar por el mentalismo, y de ahí el título de Silencio Hermético, por el hermetismo como doctrina oculta, pero también jugaba con el resultado del texto. Este es el microrrelato:

SILENCIO HERMÉTICO  No podía hablar ni moverme. Mi conciencia se hallaba sepultada bajo una tonelada de arena que un niño hubiera depositado pacientemente con su pala. Mi pensamiento se abría paso al exterior como quien intenta emerger del río revestido con una armadura. Finalmente recordé. Durante años había recorrido el laberinto de calles que configuraban las ciudades infinitas, lo que en otro tiempo sabía identificar como la mente humana. Aquello era diferente. Había errado en mi búsqueda. La voz de mi interior, espesa en aquel lugar, buscaba las palabras que brotaron como ladridos. Ahora soy un perro.

Destinos

—Fin de trayecto —le advierto al hombre que duerme en una postura que augura visita al fisio. Agradecido, se levanta y sale corriendo al andén mientras ocupo su asiento caliente.
 Nos ponemos en marcha. No, espera: un último beso entre las puertas. Nos ponemos en marcha. Entre los pasajeros se encuentra el que canturrea imaginando ser una estrella del pop, el abuelo majete que se sienta junto a las chicas, la mujer que debe salvar al mundo con su teléfono… Parece mentira que tengamos algo en común pero el paisaje que nos rodea es todo nuestro.
 El sonido de los periódicos abriéndose y cerrándose asemejan un batir de alas. Por un momento cierro los ojos y me dejo llevar. Los vuelvo a abrir cuando escucho una voz que me dice:
 —Fin de trayecto.