Soga de Seda y Magia. Capítulo 3: La Maestra de Lorian

<< Capítulo 2: El tecnomago criminalista.

 

El segundo sol, Lurián, saludaba ya a la capital del vasto país meridional de Hyariban, dando paso al día tras el largo crepúsculo matinal. La mañana era refrescante, típica en aquella época primaveral en la que ambos soles se sucedían con un intervalo cada vez mayor. Poco a poco se desvanecía el recuerdo de la ligera bruma que había invadido las calles desde la costa, pues aunque Slyndbar era una ciudad encostrada en la desembocadura del río Zura, el barrio de Caballeros era una elevación formada por amplios terrenos que a su vez se hallaban coronados por numerosas mansiones, casas solariegas o palacetes de toda influencia y edad. Al igual que en otras zonas prósperas de Slyndbar, las calles brillaban al reflejar los haces solares sobre la húmeda superficie de su empedrado.

Una joven humana lo recorrió con decisión hasta detenerse frente a la verja de forja donde destacaba, en oro, un escudo de sobra conocido en toda la ciudad: el del sastre Grabedan. El apellido era visible a cincuenta metros y la inicial quedaba enmarcada en el emblema de una tela con forma de arpa. A ambos lados de la gran puerta abatible, que permanecía abierta por completo, los muros de piedra se extendían hasta fundirse en la lejanía con los de las casas vecinas. Con sus tres metros de altura podía disuadir al ladrón elfo más ágil. Y eso sin contar con las medidas de seguridad. Las gargolarmas permanecían, no obstante, con los ojos de piedra apagados: una señal inequívoca de que estaban desactivadas.

Al cruzar el umbral y adentrarse en la propiedad, la muchacha advirtió el cambio de terreno. El suelo se hallaba ligeramente embarrado alrededor del camino de piedras por el que se llegaba hasta una mansión de corte clásico con tejado a dos aguas. Un parterre cuajado de setos y dalias guiaba a los visitantes hacia ella por la izquierda. El jardín era el resultado de un diseño meticuloso, si bien ofrecía tal aspecto de abandono que, al contemplarlo, en lugar de enardecer el corazón lo encogía de lástima. Por detrás de sus flores y arbustos, la vista se perdía en un estanque de casi una hectárea. En el centro había una estructura abovedada parecida a un templete y, más allá, hacia el sur, un pequeño edificio que la servidumbre llamaba hogar.

Zenda Verdana, que de ordinario habría llamado la atención en un lugar tan suntuoso como aquel con su sencillo uniforme de maestra clarividente, se sobresaltó al ver a los dos enormes mastines que aparecieron por detrás de la casa y se dirigieron corriendo hacia ella. Sus ladridos, tan potentes como el barrito de un rinoceratops, se entremezclaron con gruñidos. Echaban espumarajos por las bocas que oscilaban, colgantes, a cada salto de sus recias patas, al mismo tiempo que arrancaban terrones del suelo. Sigue leyendo

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Soga de Seda y Magia. Capítulo 2: El Tecnomago Criminalista

<< Capítulo 1: La médica alquimista.
Puedes leer los primeros capítulos del tirón en PDF (o pedefuá).

Una mano pequeña y arrugada se abrió paso a través de la bruma. En su búsqueda errática encontró la superficie empañada de un espejo y lo bruñó con un par de movimientos en zigzag. Al otro lado apareció una cara desencajada; un rictus sobrenatural, escalofriante; una expresión de puro horror esculpida en el rostro húmedo de un joven mediano. Era la prototípica escenificación de una vida que se extingue, la esencia misma de la muerte concentrada en una agonía lenta hasta el absurdo, detenida en el tiempo. Así permaneció durante varios segundos más hasta que el pequeño investigador, Aeric Lockbed, ensayó entonces otra de sus histriónicas muecas. Ahora era una máscara de estupor delirante, mostraba los dientes y abría hasta lo imposible sus ojos joviales y llenos de vida. Con sus manitas se deformaba los rasgos a voluntad, levantando sus cejas como espigas o abriéndose las aletas de la nariz. El efecto mejoraba a medida que su cabello castaño y crespo se iba secando por la manipulación, pues de esta manera destacaban aún más unos mechones rebeldes de distinto color. Un estudio minucioso revelaría que, en realidad, cada uno de esos cabellos poseía un degradado con variaciones más claras de su tono natural. Era de lo más frecuente entre los de su especie (los miongháire daoine), aunque en Aeric parecían más bien unos graciosos cuernecillos. Por eso, cuando puso cara de travieso no pudo evitar soltar una carcajada de satisfacción, pues reconoció en el reflejo a un diablillo de lo más convincente que aparecía entre la niebla como si fuera humo del Plano Infernal.

Despejó un poco más el vaho del espejo del baño y se creció, acompañando sus gestos con una serie de posturitas. Hizo la representación completa: el fuerte, el viejo, el gorderas, la damisela agradecida y, cómo no, su preferida: estoy muy bueno y lo sabes.

—¡Gracias, muchas gracias! Sois un público maravilloso —le dijo a su reflejo y prosiguió, guiñando un ojo—: Os espero en la función de mañana.

Con su escaso metro veinte de estatura, Aeric tuvo que subirse a un pequeño escabel junto a la bañera para alcanzar el ventanuco y abrirlo. Le gustaba ver cómo el aire empujaba el vapor en lentos remolinos. Cuando el baño se ventiló un poco, se enganchó una pulsera con su sello oficial de tecnomago criminalista en la muñeca con la solemnidad y la delicadeza de un ritual sagrado. Era una pieza cilíndrica de metal con un diámetro menor que el de una moneda de bronce y poco más ancha que el canto de una de cuarzo. Para Aeric, no obstante, su sello de criminalista resultaba más valioso que un cofre lleno de monedas de obsidiana. Sigue leyendo

Soga de Seda y Magia. Capítulo 1: La Médica Alquimista

Puedes leer los primeros capítulos del tirón en PDF (o pedefuá). 

Slyndbar, capital del país de Hyariban.
Año 163 de la era de la tecnomagia.

Levantó los párpados con una desgana inusual, como si de algún modo supiera lo que le esperaba al otro lado del sopor. Sin embargo, al contemplar aquel escenario inverosímil, su memoria no podía darle una explicación coherente para lo que había sucedido. Su cerebro bulló de actividad en busca de respuestas, pero lo único que encontró fue un terrible dolor de cabeza. Al incorporarse, el resto de su cuerpo le indicó con unos calambres que, además, había tenido un sueño tan reparador como si se hubiera echado por encima una pócima de desintegración. Con esfuerzo separó la lengua pastosa del cielo del paladar, escupió un trozo de empanada y trató de dar forma al torrente de pensamientos que se arremolinaban alrededor de su mente desorientada.

—¿Q-­­­­­­­­Qué…? ¿Dónde…?

No tuvo mucho éxito.

Sus sentidos también se desperezaban con una parsimonia inusitada para lo que Odriel Lumumba acostumbraba. La muchacha se frotó los ojos almendrados, herencia de su padre elfo. Advirtió algo extraño en el tacto y el color de su piel; su tono oscuro, herencia de su madre humana de raza nbolo, había desaparecido bajo una capa de polvo y serrín que antes no estaba ahí. En general, había muchas cosas que no estaban donde debían. Empezando por ella misma.

La sala le resultaba familiar; al menos, el espacio y la disposición se asemejaban mucho a los del salón de su amigo Dimo, con la salvedad de que este lugar tenía aspecto de llevar abandonado varios meses. Eso, y que el techo se había derrumbado.

—¿Qué hago aquí? —preguntó en voz alta mientras se levantaba de un sofá que sí reconoció. Aquella mancha de vino con forma de trol de dos cabezas era inconfundible. ¿Estaría realmente en casa de Dimo? Sigue leyendo

El Pincel de Historia :: 3. Isvarian

Otro mes, otro capítulo de El pincel de historia, mi aventura de ficción interactiva. Hemos escapado de la prisión, pero aún es pronto para descansar. En este capítulo tendrás algunos encuentros desafortunados. ¿Lograrás llegar al final sin morir? ¿Quién es el misterioso personaje que te saluda como si te fuera a enterrar? Descúbrelo AQUÍ.

 

Imagen: Pixelgate Studio

Novedades:

 

-A partir de ahora trabajaré con un archivo único que iré actualizando a medida que escriba los siguientes capítulos. Esto significa que podréis navegar a través de un solo archivo para leer todos los capítulos. No solo significa comodidad, también servirá para incorporar ciertas funciones extra:
:: Guardar progreso. Leer un capítulo al mes es poco agradecido para los desmemoriados como yo. Y más si relees y sigues rutas distintas cada vez. A partir de ahora podréis guardar el progreso al final de cada capítulo y cargarlo en la pantalla de inicio. Especialmente útil cuando vuestras decisiones os lleven por bifurcaciones.
:: Pantalla de inicio. Rápido acceso a los capítulos, información sobre el autor, el proyecto y cargar progreso.
:: Muertes. Se llevará un registro de las veces que habéis muerto. Al llegar al final os aparecerá el contador. Además, a medida que muráis iréis obteniendo distintos logros. Sí: os animo a morir porque soy un poquito cabrón.
:: Deja vu. En la medida de lo posible, intentaré ahorraros bloques de texto informativos una vez los hayáis leído. Esto es útil cuando queréis repetir un capítulo y probar otras opciones sin tener que pasar otra vez por ciertos puntos.
:: Menos bucles. Evito algunos bucles programando las secciones para que no aparezcan repetidas una vez han sido visitadas.
-Iré implementando nuevas funciones a medida que aprenda a programarlas.

 

Otra novedad, aunque general, es el enlace recurrente que os mostraré para que me apoyéis si os gusta mi trabajo.

Buy Me a Coffee at ko-fi.com

Escribir libros es un trabajo que dura años y los ingresos son muy bajos, sobre todo porque la mayoría de ventas se producen en épocas de promoción y muchos ejemplares se regalan en una desagradable analogía al típico estilo de “me haces un dibujo gratis y te doy visibilidad”, con el esperado resultado de nula visibilidad.
Así pues, mientras espero las regalías mensuales de los libros, paso los meses comiendo fuet de kobold. Y como todo el mundo sabe, no hay nada mejor para acompañar el fuet de kobold que un buen café de calcetín de goblin. Ahora tenéis la posibilidad de apoyarme con una taza de delicioso café endulzado con mis lágrimas de agradecimiento (donación mediante Paypal).

 

 También os pido que me dejéis algún comentario o compartáis. Este proyecto está a prueba y necesito saber si merece la pena continuarlo (sin feedback tendré que asumir que no es el caso).

 


Si te gustó esta historia o algo de lo que he escrito, no olvides comentar y/o compartir con alguien.
Tus likes y comentarios son el combustible que me impulsa a seguir escribiendo historias como esta. Pero también me gusta bañarme cada luna llena en sangre de unicornio, así que agradezco aún más que me compren libros. Puedes conseguirlos en  [Lektu] y [Amazon].

 

Por favor, considera apoyar económicamente al autor:
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Imagen destacada de portada: Pixelgate Studio.

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El Pincel de Historia :: 2. La prisión

Ya está aquí el capítulo mensual de la aventura interactiva donde tu propia muerte asegura tu supervivencia: El pincel de historia. Aunque esta vez morir no es una opción, así que elige sabiamente tus opciones.
En esta ocasión tendrás que escapar de la prisión donde te has despertado. Buena suerte, tu piedra mística del tiempo no está contigo.

 

Si no leíste el capítulo anterior o si no recuerdas lo que sucedió, tienes más abajo los enlaces a los capítulos y aquí la sinopsis; además, en el capítulo de este mes hay un breve resumen. Por lo general no hay muertes definitivas excepto en pocos casos. Tu gema mística te irá guiando la mayor parte del tiempo, pero atentos a las cursivas porque son la voz del personaje.
Lo siento por los momentos en bucle, pero no es un videojuego y si meto programación será imposible editar un eBook.

 

El pincel de historia

Capítulo 1 :: El portal del exilio
Capítulo 2 :: La prisión

 

Si te interesa escribir tus propios relatos interactivos, echa un ojo a Inklewriter.

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Imagen destacada de portada: Concept art “Gilead Prison Cell” para el videojuego de Eragon, por Rusty.

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El Pincel de Historia :: 1. El portal del exilio

El Pincel de Historia, una aventura donde tu propia muerte asegura tu supervivencia.

 

Tienes ante ti un relato de ficción interactiva donde aprenderás a utilizar dos inusuales dones que solo tú posees y por los que te persigue un mago negro. Tienes una piedra mística del tiempo unida a ti y eres capaz de materializar una herramienta de sangre. ¿Serán suficientes para evitar que te capturen?

 

 

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Algunos ya conoceréis mi experimento anterior de literatura hipertextual al estilo “Elige tu propia aventura”, Horrores in de nait. Esta vez se trata de un proyecto más ambicioso, ya que tiene continuidad y es un formato perfecto para desarrollar una idea que tenía en el cajón desde hace varios años. La premisa es muy simple: tienes la capacidad de tocar un objeto con el pincel de historia y alterar su tiempo. La piedra mágica que te va guiando a lo largo de la aventura es la que hace posible la alteración del tiempo y, lo más importante, puede devolverte a la vida unos instantes antes de tu muerte. No por nada se llama Corindón Trolceta. Así que no tengas miedo de morir, porque morirás.

 

Si veo que esto funciona, haré un capítulo mensual y, ya puestos, al final lo publicaría como librojuego en digital. Así que no olvidéis comentar y compartir por donde os parezca oportuno, ya sean blogs o redes 🙂 Me encantará saber vuestras opiniones, ya que estoy entusiasmado con el formato nuevo, el tipo de narración y las posibilidades que se van abriendo.

 

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CdE :: La Magia de las Piedras Yárades

Crónicas de Enor

La Magia de las Piedras Yárades [Nesmid, el guía turístico]

Me has preguntado por la magia. Curioso… No comprendo cómo es posible que, teniendo una tecnología tan compleja y avanzada, te intereses por nuestra magia. Es verdad que nosotros tenemos la teleportación, pero ¿de qué sirve si no podemos usarla en nuestro día a día? Cada vez que magos y alquimistas descubren algo acaban poniendo mogollón de pegas. Pero lo primero es lo primero…: ¿tienes canalizadores o ambivalentes para pagarme? Sería una buena forma de empezar.
Verás, la magia está en todas partes. No sólo porque la Urdimbre nos conecte y nos rodee, sino porque influye en la economía y en nuestras costumbres. He oído decir que en tu mundo usáis metales como dinero, al igual que nosotros. Son las monedas más corrientes y las llamamos acuñables.
Entiendo también que uséis el papel, ya que en algunos sitios se aceptan pergaminos preconfigurados como moneda de cambio. Como se están dando casos de falsificaciones y timos, la República se plantea prohibirlos… Pero lo que se me escapa es eso de que la mayor parte del dinero en vuestros reinos sea «virtual». No sé qué brujería es esa.
En fin, que como decía antes, lo ideal para hablarte de la magia son los canalizadores. Es un sistema secundario de pago, pero ha ido cobrando importancia ya que resulta muy práctico. Son materiales que sirven como medio para canalizar, potenciar o bloquear magia, principalmente. Mira, aquí tengo algunos discos de cuarzo blanco, los más corrientes. No es una fortuna, claro, pero pueden proporcionarte cargas para la mayoría de artefactos. Los discos de obsidiana y cristal de roca son los más valorados porque tienen una sintonía mayor con la Urdimbre.
Sin embargo, y aunque también puedes pagar un montón de cosas con ambivalentes como diamantes, corindones y esmeraldas, lo más valioso que existe en Enor son los discos de oridiana. No existen muchos, su valor actual es de cien monedas de oro cada uno y son fruto de un sistema muy avanzado de metalurgia mágica. Se trata ni más ni menos que de la fusión del oro y la obsidiana. Es por eso que se trata del mejor potenciador mágico que existe. La Guardia Oridiana se llama así porque son los únicos que utilizan ese material.

Vale, vale, ya me ha quedado claro. No tienes ni una triste gema. Pues entonces, de yárades ni hablamos. ¿Qué pasa? ¿No hay yárades en tu mundo? Bueno, pero habrás oído hablar de ellas. En la leyenda de Los héroes del Kelvalad aparecen las más poderosas que se han descubierto hasta la fecha.

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CdE :: Visitas Turísticas en la República de Hyariban

Crónicas de Enor

Bienvenidos a Slyndbar [Nesmid, el guía turístico]

Mmm… Así que eres un extraenori, uno de los inalcanzables. Que eres forastero salta a la vista, pero no esperaba encontrarme con uno que viniera de tan lejos. Deja que me presente. Habré nacido en un mal barrio, pero aún nos enseñan modales. Mi nombre es Nesmid y, si crees que soy un niño, probablemente sea porque soy un miongháire, o mediano, como nos llaman los humanos. Y aunque sólo tengo quince años soy más alto de lo normal. Soy el lanzador de mi equipo de jumbelgunguel del barrio.

¡Ja, ja, ja! No pongas esa cara. Ya imagino que no tienes ni puta idea de lo que te estoy hablando. Como te he dicho, entiendo algo de modales. Si me lo permites te serviré de guía y te enseñaré la ciudad. ¿Tienes dinoros? ¿No? ¿Ni siquiera ónices? Bueno, supongo que podrás pagarme de alguna otra forma.

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Como se suele decir, «empecemos por los peludos pies». Bienvenido a Slyndbar, capital de la República de Hyariban, el país más meridional del Continente Blanco, Eylíndenor. Se podría decir que estás en la cuna de la tecnomagia, y en cierto modo os lo debemos a vosotros y al Descojone. Bueno, la mayoría de la gente lo llama así. Me refiero al Caos de Gwalathar, un cataclismo causado por los brujos hace casi doscientos años. No sé muy bien qué hicieron, pero abrieron muchas puertas que tendrían que haberse quedado cerradas y sucedió de todo. Fragmentos de nuestro mundo se intercambiaron por otros de otros mundos, como el vuestro, a lo largo de Enor. También se descojonó un poco la Urdimbre, haciendo más accesible la fuente de magia. Así que es lógico que, si a eso le añadimos lo mucho que aprendimos de vuestra tecnología, nos encontremos ahora  en la Era de la Tecnomagia. ¡Oh! ¡Atrás! Ha estado cerca… No te asustes si ves a estas personas aparecer de la nada, es otra consecuencia del Descojone. Mucha gente que vivió de lleno el desastre viaja por el tiempo y se intercambia por personas de otras épocas. Los llamamos ecos. Es una puta locura, pero te acostumbrarás.

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GELB :: Sofía

En Denia vivimos una temporada mi madre y yo, con Susa, Sofía y su padre Gus. Tenía tres o cuatro años. Era una zona de ciudad, un apartamento con un aire antiguo. Bien pensado, la mayoría de casas en las que viví con mis padres ya eran antiguas cuando las hicieron. Una de esas cocinas de azulejo y aluminio por un lado, una bañera oxidada por otro. En esa zona causamos sensación mi prima Sofía y yo. Éramos dos niños con apenas seis meses de diferencia y nos llevábamos tan bien que la gente pensaba que éramos hermanos. Y, a decir verdad, nosotros también. A nuestras madres les costó lo suyo convencernos de la verdad. Iba en contra de nuestra lógica ya que, si mi madre y la suya eran hermanas, a la fuerza nosotros teníamos que ser hermanos. Debimos de pensar que aquello era algo que se heredaba. Pues bien, éramos como hermanos, como una masa con identidad propia cuando estábamos juntos. Pero luego cada uno, por separado, era muy distinto. Yo era especialmente activo, «como una moto», me decían. Sofía era más tranquilita y no daba mucha guerra. Pero a la hora de llevarnos de un lado a otro, la gente prefería cargar conmigo. Y no era porque yo siempre haya sido un chico delgado y ligero, sino porque redistribuía mi peso para adaptarme mejor a quien me cogiera. Tal vez buscaba mi punto de equilibrio y me coordinaba muy bien con mi porteador. Mi prima, cuando la cogían en brazos, decían que era un «saco de patatas», un peso muerto. Es posible que tuviera que ver con el grado de actividad, porque todo niño dormido en brazos obtiene el superpoder de pesarle hasta las pestañas. Luego el tiempo se descojona de nosotros, transformándolo todo con ironía. Cuando crecimos, mi prima fue la activa, siempre moviéndose, siempre haciendo cosas. Yo fui perdiendo mi energía sin límites. Me pregunto si seré un peso muerto en caso de que me vuelvan a coger en brazos, con mis setenta kilos.
Sofía siempre ha sido muy bonita, con una sonrisa preciosa y de carácter agradable y tierno. Incluso en una época en la que nuestras madres debieron de cortarnos el pelo borrachas. Yo tenía trasquilones por todas partes y ella… bueno. Cuando fuimos a la playa, al sol y medio en pelotas, parecía una pequeña troglodita. Más adelante tuvo que ponerse gafas para corregir su hipermetropía. A ella no le gustaban, pero a mí me parecía que le quedaban muy bien y que hiciera lo que hiciese, siempre sería guapa. Al final se le corrigió y, en cuanto a mí, me tocó el resto: miopía y astigmatismo. Al contrario que Sofía, yo soy incorregible.

"Los veranos mudos", de Pilar López Báez

“Los veranos mudos”, de Pilar López Báez

Una tarde, Sofía y yo esperábamos a nuestros padres, allí en la casa de Denia. Escuchamos algún ruido, voces, y pensamos que podían ser ellos. Pero ser pequeño es engorroso para todo lo que mola. Te ves limitado en cualquier situación y acabas buscándote las mañas para superar todos los obstáculos. En este caso, tuve la genial idea de coger una de las sillas de la cocina para asomarme a la mirilla. Está bien, es un clásico, pero no fue genial por evidenciar hasta qué punto había desarrollado la inteligencia. Y no fue genial para mí, sino para mi prima. Nuestros padres volvieron, por supuesto. Aquel fue un día ordinario en nuestras vidas, no hubo ningún hecho destacable. Lo destacable llegó a la mañana siguiente, cuando fuimos a desayunar. Se ve que me había hecho a la casa porque, con los ojos todavía cerrados a causa del sueño, me dejé llevar por la mecánica de mis movimientos. Concretamente al suelo. Fui arrastrado por la fuerza de la gravedad sin encontrar el apoyo de mi silla, que había pasado la noche entera ante la puerta de casa. Al aterrizar con el culo me desperté al instante, pero tardé un rato en darme cuenta de lo que había sucedido. Sofía aún se descojona recordándolo. No fue la única vez que mi culo golpeando el suelo hacía reír a mi prima y, a pesar del dolor, lo que recuerdo con cariño es su risa.

Fragmento :: La Leyenda de los Espíritus Inmortales

En la próspera isla de Daojima se han aprendido desde tiempos inmemoriales algunas de las más importantes técnicas de las cinco fases, el onmyodo y el feng shui. No era extraño que los emperadores viajaran tradicionalmente a la fastuosa ciudad que daba nombre al lugar y profundizaran en el conocimiento de los espíritus inmortales, la energía de las cinco fases y los sesenta y cuatro sellos sagrados. Los sha-man, o chamanes tao, eran los encargados de enseñar los secretos mejor guardados al monarca. Como era lo acostumbrado, el emperador Izanobu permaneció un ciclo anual en Daojima, como lo hicieran antes que él su padre, el padre de su padre y, a su vez, los emperadores que lo precedieron. Izanobu fue conocido por su magnanimidad y su profundo amor por sus hijos, la princesa Nihime y el príncipe Tsukiro, a quienes llevó con él. Los pequeños aún no habían cumplido los ocho ciclos, eran gemelos y estaban unidos por unos lazos inquebrantables. La mujer del emperador había rogado a su marido que no los llevara consigo, pues las hojas de té habían presagiado una terrible desgracia. No eran muchas las personas dotadas con poder para interpretar los designios, e Izanobu nunca creyó que su mujer hubiera sido bendecida con semejante don.
Las advertencias no habían sido infundadas, pues un terrible monstruo vivía en la isla de Daojima. Era un oni descomunal, de rostro azul, con cabello y barbas de fuego. Dos hileras de cuernos adornaban su frente y crecían espolones en sus piernas, por debajo de la piel de tigre que lo abrigaba. Sus ojos eran de rubí, y su gargantuesca boca podía tragar un caballo de una vez. Grandes colmillos curvos sobresalían de ella, y tenía el poder de soplar vientos capaces de arrancar todas las hojas de los árboles. Cabalgaba nubes y creaba tormentas con su garrote, desafiando a los hombres, los tengu y los espíritus inmortales. Nadie podía hacer frente a su poder. Su hogar era la Montaña de las Peonías Inmarcesibles, por fortuna muy lejos de la ciudad y los poblados de la isla. Nadie podría imaginar que semejante monstruo tuviera interés en recorrer tanta distancia para alterar la paz de los hombres, pues se conformaba con reinar en su montaña y en los alrededores, devorando toda clase de criaturas. Pero el señor de la montaña estaba cansado de probar siempre los mismos platos, creía que ya había probado todos los sabores existentes. Con su portentosa nariz olfateó un olor desconocido y no pudo dormir pensando en el origen de aquella fragancia, deseando probar su sabor. No pensaba en otra cosa, de manera que, en mitad de la noche, cabalgó las nubes y recorrió los cielos hasta llegar al palacio del emperador. Allí encontró al pequeño príncipe, durmiendo en su alcoba, y se le hizo la boca agua. Soplando un potente viento abrió un agujero y cogió al príncipe con una mano garruda, mientras con la otra apartaba a manotazos a los impotentes guardias. Los dragones ya no reinaban en Torishima, por lo que nadie pudo hacer frente a la bestia, que se subió a una nube y huyó con su preciado botín al tiempo que reía y cantaba. En el palacio, todo fueron llantos y rechinar de dientes.

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Odriel :: La Técnica de los Siete Sellos

Ahora mismo estoy con este relato sobre el pasado de uno de los clarividentes de Lorian, Odriel. Este es el principio:

 

Odriel cumplía treinta años, lo que no era mucho para una semielfa. El mundo, por otro lado, se movía a una velocidad siempre diferente a la suya. Los humanos que conoció de pequeña creaban ahora nuevas familias, y sus hijos no se diferenciaban demasiado de los elfos que conoció al mismo tiempo, hace más de veinte años. Al menos mientras no hablaran. Los niños elfos viven infancias muy largas y, aunque su visión del mundo no deja de ser pueril y limitada, las experiencias que han vivido durante tantos años, lo que han aprendido de sus mayores, lo que han absorbido a través de la esponja de su curiosidad sin fin, han hecho de esos niños unas personitas sabias a su manera. Son muchos los que admiran la sabiduría que emanan las palabras de los niños elfos, en ocasiones más elevadas que las de los más insignes eremitas humanos. Tal vez por la pureza de su lógica, aún sin contaminar por los continuos etiquetados, la capacidad de fijarse en lo importante sin el ruido de las múltiples preocupaciones que trae consigo la madurez, y sumado a una experiencia pareja a la de un humano adulto. Claro que los pequeños elfos no están exentos de ciertos agentes contaminantes, de la influencia de sus mayores y su forma de pensar, del entorno en el que viven. Pero los cambios son un proceso muy lento en comparación con la frenética vida de los humanos.

Para Odriel, incluso lo que parecía inmutable, como su padre elfo, también se hallaba en una corriente que jamás se detenía mientras ella crecía. Algunos de sus amigos de la infancia parecían detenidos en el tiempo; otros envejecían, se casaban y tenían hijos; y luego estaba Odriel, que  experimentaba el despertar de muchas sensaciones hasta entonces desconocidas pero extrañamente familiares. El tiempo parecía tener reglas para todos excepto para ella. El único punto en común es que la adolescencia resultaba una etapa difícil para todo el mundo; no entendía de razas.

En el caso de los elfos, su cacareada sabiduría infantil parece diluirse al atravesar la adolescencia, como proclaman otras razas, diciendo que cuanto más pequeños son, más adultos parecen; y que, cuanto más viejos, más infantiles resultan. Odriel miraba a su padre y creía en esas palabras. En verdad se comportaba como un crío, ahora lo veía más claro que nunca. No es que su padre hubiera cambiado un ápice desde que lo conociera. En realidad solo habían cambiado sus circunstancias, pero seguía siendo el mismo aventurero loco de orejas puntiagudas. Quien más había cambiado era Odriel y su forma de percibirlo. Pero ella era su propio punto de referencia, por lo que su padre también había cambiado a sus ojos, de un modo u otro. La semielfa se veía a sí misma como el eje principal de un sistema solar, en el que cada astro giraba a su alrededor a velocidades completamente distintas. Algunos poseían satélites que giraban como locos, de forma vertiginosa, mientras más allá había un universo que permanecía en apariencia inmóvil. En cualquiera de los casos, sentía que nada fluía al mismo tiempo que ella. Para reforzar esta idea, volvió por última vez la cabeza hacia su madre. Su piel seguía tersa pues, a pesar de su tono oscuro, en su frente y sus pómulos se reflejaba el azul del cielo. Sin embargo, a sus cincuenta años, el tiempo había dejado su firma en las arrugas. Alrededor de su boca evidenciaban las alegrías de haber pasado tantos años junto a su hija; alrededor de los ojos, las preocupaciones de haber criado una mestiza en un mundo en el que se habían aceptado el blanco y el negro, pero no los grises. También gris era el cabello crespo de Nyah Lumumba y, aunque Odriel no era consciente de que la próxima vez que viera a su madre, el blanco habría ganado terreno al gris, sabía que el tiempo era cruel con la raza humana. Lo aprendió en su último viaje con su padre, a su regreso. Sigue leyendo

En algún lugar del bosque de Warmond

Un microcuento con un estilo bastante afectado. A veces me da por ahí. Probablemente use la idea para desarrollarla en un cuento de Enor.

—————

Salí a comer con un viejo amigo y la chica que me gustaba al placentero bosquecillo de Warmond, junto al canal, donde pastaban vacas y paseaban lugareños en barquichuelas, transportando bienes, fumando su tabaco despreocupados.

Solazados bajo los árboles, los haces de luz de la mañana se filtraban espesos y corpusculares, inundando de paz nuestros ánimos. No fue una salida programada, todo era fruto del azar y de un encadenamiento de ideas fulgurantes que nos había llevado al fin, con sus más y sus menos, a deglutir todo alimento que hubiéramos dispuesto tras un reconocimiento por la zona. Embriagado por el momento y motivado por la presencia de mi anhelada dama —siendo esto el prolegómeno de una concupiscencia ulterior, pues en verdad me movía el deseo de poseerla aceptando con resignación el ineludible romanticismo del proceso previo—, determiné como un experto que los hongos que había recogido eran unos manjares que ensalzarían tan improvisado almuerzo. En verdad solo sabía que no eran venenosos, no al menos mortales.

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Seis Sabios Simios

Seis sabios simios,

al saberse deseados,

se subían a las ramas

de su sauce sin retraso,

para así escapar 

de una espinosa situación,

pues en el suelo salivaban salvajes

tres tigres trastos.

Tramaban truculentos la tragedia:

¡tragarían a todos como truhanes!

Mas trabados se tornaron

trepando por el tronco.

¡Qué terrible contratiempo!